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lunes, 31 de agosto de 2015

Un relato más bien romántico (I)


La colina del olvido

Un relato en tres partes: introducir un relato

Es curioso cómo el tiempo que transcurre modifica lo que entendemos por una palabra o un concepto. Si hoy acudimos a leer una novela o ver una película romántica o apreciamos un cuadro romántico poco tendrá que ver con aquella corriente de pensamiento y artística del siglo XIX. Lo mismo sucede con los relatos.

Beso y Flor de María Pilar Franco Aguilera
Una visión romántica dentro del Arte Contemporáneo

Si hoy observamos el apuntamiento de los sentimientos, la exageración en la apreciación de la juventud, la muerte o el amor en aquellos cuentos de Edgar Allan Poe, poemas de Gustavo Adolfo Bécquer o José de Espronceda; cuadros de Caspar Friedrich o de Turner con ese particular  gusto por el sentimiento extremo, las altas colinas, los mares embravecidos y la subjetividad pensaremos que aquello poco puede parecerse a nuestra visión actual de lo romántico..

Hoy no manejamos la definición de romanticismo que en la primera mitad del siglo XIX se manejaba y jamás entenderíamos por romántico a aquel que ve en la muerte algo atractivo, bello y espiritual desde tal punto de vista. Un autor romántico es, en la actualidad, una persona vitalista con apego a la perpetuación del amor y no la pasión por su final histriónico, por ejemplo.

El modo en que los autores románticos trataron las cosas dejaron una nueva definición de belleza que hasta entonces no existía. Incluso me atrevo a decir que la belleza cobra una dimensión mucho más principal que la que antes o ahora tiene. Parece como si tuvieran, los autores románticos un cristal que distorsiona la realidad.


Caminante sobre un mar de nubes, de Caspar David Friedrich

El relato actual, sin tener todos estos elementos, participa de alguno de ellos. Como en los relatos de serie negra lo dividiremos en tres partes. Espero que os guste.


LA COLINA DEL OLVIDO PARTE 1

La colina ondulada dibujaba un horizonte artificial. En lo alto, la vieja mansión de los Sánchez de Comillas se perfilaba sobre un antiguo castillo revestido en forma de palacio. La vieja planta cuadrangular con sus cuatro torreones había dejado paso a cuatro almenas con tejado de pizarra negra y una serie de ventanas ordenadas al modo racional, trazadas con la distancia exacta y perfectamente a medida allá por 1810 cuando la fortuna de la familia había permitido recuperar las viejas glorias del pasado y rehabilitar los títulos ganados por la familia en la Edad Media. Aquellos títulos logrados sirviendo a los reyes castellanos cuando estos eran obtenidos - lejos de un palacio - en un campo de batalla.

El Alcázar de Segovia, una visión romántica

Entre esas dos épocas, un periodo oscuro en que los distintos sucesores apenas lograron conservar los antiguos títulos sin llegar a acrecentarlos ni darles la dignidad que tuvieran en su día. Tiempos en que fueron nobles de pobreza vergonzante. No obstante lograron mantener las propiedades aunque no tuvieran, en ocasiones, mendrugo de pan que llevarse a la boca. La hidalguía tenía esas servidumbres, si no eras servidor del gusto del Rey, la vieja alcurnia no te permitía adquirir el oficio menesteroso con que obtener los emolumentos necesarios para así conservar títulos, propiedades y procurar los imprescindibles alimentos.

Fue Luis Sánchez de Comillas y Arriaga quien, con fama de rebelde dentro de la familia, tuvo ocasión de viajar a París en los tiempos posteriores a la Revolución y aprender el oficio de la imprenta de libros - primero - para, posteriormente, dedicarse junto a su amigo, Jacques de Rapuniare, a la edición de obras que hasta la fecha resultaban prohibidas en la Francia de la época.

Con los aires violentos de la Revolución Francesa y los nuevos usos y costumbres que la época trajo consigo, Luis Sánchez de Comillas regresó a España con la ocasión del reinado de José de Bonaparte, hermano del Emperador de Francia. Ligado a esa corte, en una segunda línea que le permitió permanecer ajeno a los muchos problemas que en España tuvo ese reinado, hizo una gran fortuna y ayudó a que los vientos de una cierta modernidad calaran en el entorno familiar. Nada que el poderoso caballero y vil metal no hiciera por convencer a las tradiciones familiares, las cuales inclinaron la cerviz en favor de los trabajos necesarios para obtener el capital, pero sin llegar a perder el título ganado.

Cortejando a una dama del Siglo XIX

Así, estableció una imprenta en un barrio cercano a la Corte de Madrid y publicó las obras que precedieron a la Revolución Francesa con gran éxito entre los muchos personajes y curiosos que pululaban por una ciudad que, por aquel entonces, estaba ansiosa de cambios pues sentía la claustrofobia de las rancias costumbres que hacía de Madrid, en realidad, una ciudad de monasterios y conventos rodeados de casas y algún que otro palacio de bienhechores y benefactores de esos monasterios y conventos. No era un ambiente agradable el de la ciudad que, aferrada a sus malos reyes, querían las nuevas costumbres que traían los nuevos gobernantes pero no a los gobernantes nuevos que traían esas costumbres nuevas.

Luis Sánchez de Comillas contrajo entonces matrimonio con Clotilde Buenaescusa haciendo caso a la presión familiar, pero el Conde de Argamasilla - ese era el título nobiliario heredado que ostentaba - no estaba dispuesto a hacer mucho caso de las costumbres españolas más tradicionales y mantuvo ciertas relaciones liberales con algunas de las mujeres de la corte de José de Bonaparte, pues no en vano el Conde era de aspecto aseado e interesante para esas damas. Había aprendido algo más que un oficio con Jacques de Rapuniare y no estaba dispuesto a que su disoluta vida de juergas nocturnas y correrías con las más distinguidas féminas murieran por un matrimonio concertado sin amor ni pasión alguna.

Romance en el Siglo XIX
Clotilde dio a luz, antes de que las tropas inglesas y españolas expulsaran a los franceses de las tierras patrias, a dos vástagos: un varón primero y una mujer después en el reformado palacio de Argamasilla del Olivo que, a pesar de las primeras alegrías, no lograron calmar las pasiones libidinosas de un hombre libertino y cruel. Don Luís quería a sus hijos, pero el secreto desprecio que tenía hacia su esposa Clotilde era mucho más fuerte que el afecto discreto que sentía por sus dos sucesores legítimos.

Clotilde les puso por nombre Jaime, al niño - que conservó el título principal -, y Juana a la niña que obtendría el título de Condesa de la Encina al alcanzar la mayoría de edad, y cuya historia es la causa principal de mis desvelos e infortunios. Una historia de desenfreno, misterio y locura.

Visión de la muerte desde un punto de vista romántico

Continuará (…)

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viernes, 28 de agosto de 2015

Los Relatos de Género Negro (y III)

El final de la historia

El destino inexorable del protagonista

Resulta curioso que cuando leemos una novela de serie negra o vemos una película de este tipo esperamos un final feliz que raramente sucede en este tipo de obras. La vida suele ser mucho más benévola que los autores de este tipo de películas o novelas.


Sí, es posible que la novela negra tenga final feliz pero ha de estar dentro de un marco inquietante o que genere el desasosiego suficiente como para que ese final feliz deje la obra dentro de este género. Así, aquel final ya nombrado de Cagney acercándose entre sombras a la silla eléctrica con el rostro compungido y acobardado no es más que un final feliz pero que produce un cierto desasosiego.

¿Por qué? ¿No es acaso deseable que el criminal caiga tal y como le pedía su confesor? Seguramente sí, pero es que el "gangster" resulta en esta película un héroe, un buen tipo para el espectador. Ese final moralizante nos deja como héroe a un antihéroe.

Si volvemos a Mystic River, apreciamos cómo un drama clásico (más o menos) se va transformando en cine negro y de autor cuando de las movimientos iniciales de un drama duro contemplamos la inexorable tragedia final que revuelve las tripas ante el silencio ominoso de toda la sociedad que debiera cuidar de que tal injusticia no se cometa.

En Pulp Fiction, película que se mueve entre el cómic, la comedia, la tragedia y el drama con un arte insuperable, apreciamos la llegada inexorable de ese final terrible que, por el arte del magistral empleo del "flash back" y la voluntad del director que no cae en el artificio - dicho sea de paso -, es un final feliz.


La historia debería terminar con la muerte de John Travolta, pero Tarantino descoloca el final, lo pone en medio de la historia y deja para el final la escena de la cafetería donde Julius (el salvado por la profecía) sale triunfante junto a Mr.Vega de la cafetería a ritmo de una genial banda sonora y los ecos del pasaje bíblico inventado por Tarantino (Ezequiel 25 17).

Así, una película que tenía pinta de tener un final lamentable, tiene un final feliz arrancando la carga moralizante del cine de serie negra típico de los años cuarenta en el mismo Hollywood donde de El Enemigo Público a Pulp Fiction, pasando por Mystic River, grandes actores y directores han elaborado el cine más sorprendente y exitoso jugando en la frontera del bien y del mal.

Pues terminemos la historia que tenemos pendiente, que las cuentas pendientes siempre se saldan en este género.


La Noche Tras la Lluvia (Parte III)
(...) Cristales que fueron los testigos mudos de mi asesinato.

Hundí el puñal en su estómago hasta alcanzar el puño y dejé caer el cuerpo del hombre que me había llevado hasta el oscuro y sórdido lugar donde me encontraba. Su final era por azares del destino también el mío. De alguna manera, la muerte del asesino de Estefanía acababa con mi vida que se encontraba latiendo, pero sin alma, desde la desgarradora muerte de la chica que cayera sobre mis propios brazos unos años antes.


La sangre chorreaba desde mi mano y caía a gotas espesas y granates. Las miraba caer como si el tiempo se hubiera detenido en ese preciso momento en que se forma la gota de sangre y cae al suelo. Un instante eterno que se sostuvo intemporal como una foto fija colgada en un corcho donde las gotas rojas al contraste del blanco y negro del club se dibujasen permanentes, imborrables.

Antes de salir del club, el dueño se levantó con la tranquilidad de un profesional. Me ayudó a recoger el cuerpo exculpándome por lo hecho, pues el individuo que manchaba su moqueta de pelo envejecido y lamparones, no era más que carroña. Lo introducimos entre lo dos en un saco de esparto que guardaba en la cocina, lo cerramos, lo introdujimos en el maletero de mi coche y lo condujimos al vertedero de Santidueñas. Allí descansa, desde entonces, el asesino de Estefanía, entre la basura más infecta de mi ciudad.


De regreso al club, el dueño del garito comenzó a contar una historia sobre el riesgo y la defensa personal, sobre la inseguridad de la noche de nuestra ciudad y sobre las necesidades que su club tenia. Una conversación ingenua pero evidente donde gravitaba el hecho de que las manchas no se limpian con facilidad si no hay un buen detergente, donde se indicaba que el silencio pesa mucho si nada lo alivia o lo conduce liviano al oscuro rincón de la memoria donde las cosas se olvidan fácilmente.

Una conversación conducida con habilidad en el lugar más oscuro de la ciudad silenciosa y opacada por la noche. En los arrabales más oscuros donde la frontera entre el bien y el mal se diluye y desaparece. Allí donde solo la subsistencia tiene sentido, la supervivencia es la moneda de cambio habitual; en el lugar donde los sueños se pierden y encuentran en un instante.

Permanecí callado con la seguridad de que si su ayuda tenía un precio quería saber cuál era; aunque su mano tendida fuera la mano del mismo diablo cuando compra tu alma, ansiaba saber cuál era mi condena. Ese silencio fue la rúbrica con la que otorgué aquiescencia al pacto sellado. El acuerdo tácito de un alma nocturna y de un hombre sin alma que acabaría transitando por los oscuros lugares de la noche largo tiempo.

La conciencia desea abonar el precio que cree deber aunque no sea aquel el justo cobrador de ese precio.

Al despedirme, acerté a establecer un final al acuerdo; una fecha que pusiera fin al infierno que me esperaba al lado del corpulento y sagaz dueño del club de fumadores. Tres años fue la duración del acuerdo, tres la condena a que me sometía el peculiar carcelero; tres los años en que iba a permanecer despierto cada noche y dormido cada día, tres los años donde la sangre, las balas y los puños iban a ser mi único discurso. Y el silencio la única compañía que me habría de salvar la mayoría de las veces.



Esta de hoy era la fecha marcada en aquella triste noche en que entregué parcialmente mi alma: 12 de septiembre. La fecha en que terminaba el plazo, la fecha en que mi cuerpo abría la puerta a mi alma nuevamente y mi cabeza hacía borrón y cuenta nueva con su conciencia.

Levanté la mirada al cielo que se despejaba por momentos, el viento se levantaba para despedir a las nubes y secar los charcos de agua de la calle. Las luces reverberaban en la silenciosa y vacía calle de una tarde en que el final del tórrido y pestilente verano de mi ciudad daba cancha al otoño fresco y ventoso avisando de que una era terminaba: el final de una vida que era solo una muerte para mí.

Me puse el sombrero alicaído, descansé un pitillo en la comisura de mis labios que no encendí, abotoné la chaqueta del esmoquin azul noche e introduje un pañuelo rojo en el bolsillo de mi pecho. Me llamaban Mr. Perfecto porque no dejaba rastro del crimen cometido, porque era sigiloso y elegante. Mi nombre producía pavor al ser nombrado y hoy era el día en que olvidaba aquel nombre, pero no mi elegancia natural. El pacto sellado con mi alma era ese: “cuando sea libre me pondré en el pecho el pañuelo que cayó de los manos de Estefanía el día que se murió en mis brazos.”


Miré atrás nuevamente, las luces del club se apagaban y el grueso cuerpo del dueño del local se movía torpemente como un habitante olvidado de mi propio pasado. Me giré y afronté el futuro arrostrando una calle húmeda y silenciosa, dormida y misteriosa. Una calle que conducía a algún lugar nuevo y esperanzador donde la desmemoria hiciera en mi piel, su patria.

Un coche oscuro procedente de la nada rondó a mi lado, fugaz como el tiempo, veloz como mi pasado. Se detuvo a unos metros de donde me encontraba con la ventanilla entreabierta sin dejar tiempo suficiente para sacar mi arma y una pistola me encañonó descerrajando tres disparos a bocajarro.

El primero impactó en mi pierna haciéndome poner rodilla en tierra.

El segundo en mi mano derecha impidiendo ningún movimiento de la misma.


El tercero lo vi venir como bala con mi nombre grabado a fuego incandescente..., se detuvo el tiempo como una inmortal imagen de imborrable mala suerte y contemplé el rostro de Estefanía caer sin aire entre mis brazos y el terrible rostro de su asesino morir en mis manos sanguinolentas.

La bala atravesó mi frente haciendo caer mi cuerpo al suelo justo en el momento en que la conciencia llamaba a la puerta de mi cabeza y mi alma regresaba a este cuerpo nuevamente.

El coche se marchó con el mismo silencio con que había pasado cerca de mí, con el mismo misterio con que se habían abierto las ventanas se alejó de mi cuerpo muerto. ¿Quién había sido? No lo sé, ni me importa. Toda la ciudad pudo ser, toda y nadie a la vez. Quizá el mismo que me había contratado o quizá yo mismo había organizado este final pelea tras pelea, noche tras noche.

Estas son las cosas que pasan cuando las personas duermen en los suburbios de mi ciudad. Cosas que suceden de noche tras las primeras lluvias que advierten de la llegada del otoño. La lluvia caída deja charcos imborrables en el lado más oscuro de las ciudades cosmopolitas. Charcos que no se secan, comportamientos que siempre dejan deudas, almas que se venden a trocitos y sin fecha, contratos sellados para siempre.

FIN


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miércoles, 26 de agosto de 2015

Los relatos del género negro (II)

Un relato en tres partes

El tipo duro


Si el cine negro ha dejado algo como impronta, como una estela que se ha de seguir por su éxito, por su atractivo para el público es eso que llamamos los tipos duros. El tipo duro, ya hemos hablado de Cagney en El Enemigo Público, resultan fundamentales para toda película de este género, no digamos si se trata de una película de acción.



Cuando hablamos de tipo duro en el cine, a todos nos viene a la mente al bueno de Harry y su más que famosa frase de "Alégrame el día". Este personaje de secuela resulta un guante para Clint Eastwood, quien a pesar de no ser un actor versátil - casi parece que se interpreta a sí mismo - nos ha demostrado sus impresionantes y sorprendentes cualidades como director,



A mí me resulta difícil hablar de cine y no nombrar la obra maestra de "Mystic River", dirigida con un pulso excepcional por Clint Eastwood e interpretada por un trío de actores de gran nivel. El tipo duro Sean Penn, la víctima propiciatoria Tim Robins y  el poli Kevin Bacon. tres clásicos con los papeles descolocados.

Esta película es la gran continuadora del cine negro pues sus circunstancias lúgubres y su terrible final que viene avisado por todos y cada uno de los mensajes precedentes la hacen cruda, desapacible y dura. Continúa a este cine, pero entra dentro de lo que se llama Cine de Autor, porque en su mensaje se excede más allá del arquetipo del "poli" o del gangster.

El tipo duro - Sean Penn - es el reflejo de aquel Harry interpretado por Eastwood, si este era el héroe, aquel es el antihéroe. Donde Harry aplica la justicia, el personaje de Sean Penn aplica la indecorosa injusticia que hace que se conserven los equilibrios sociales. Así la película es un grito de auxilio de este hombre cuya conciencia es apagada por su mujer al recordar a Penn que él solo ha defendido a su familia y a su barrio, que había hecho lo que tenía que hacer.


El tipo duro nace como un subgénero del cine negro y hoy recorre el cine en casi todos sus géneros. Sigo recordando a Cagney cuando habiendo sido condenado a la silla eléctrica recibe el consejo de un sacerdote de morir como un cobarde para no ser ejemplo de los niños que le observan y que le admiran por su valor cuando no es otra cosa que un gángster. Y Cagney le hizo caso,

Un tipo duro que pareciendo un mal tipo se comporta como un héroe. Comparando con lo que le sucede a Sean Penn, cuya mirada de pesada carga de conciencia por ser un villano es, sin embargo, reconocido por su entorno casi como un héroe, protegido y honrado.

La segunda parte del relato prometido, que lo prometido es deuda. No será la última.



La noche tras la lluvia Parte II
(...)
Las pistas eran pocas, las circunstancias conocidas que pudieran llevar al criminal, ninguna. En esta situación solo me quedaba la alternativa de apretar a quien sospechara que sabía algo...; y apretar - en lo bajos fondos - significa pegar palizas, amenazar, extorsionar y resultar convincente para no tener que llegar más lejos todavía.

En los arrabales de la ciudad la dialéctica de los puños y las armas a la vista resultan el discurso más práctico. Los sobornos y la compra de información constituía entonces un universo mucho más civilizado que aquel que aprendí a usar con perseverancia, pues la información tiene un precio razonable al que hay que aprender a poner fronteras, y para eso mis puños se habían forjado en acero incandescente.

La primera paliza que propiné he de decir que me costó, resultó difícil atizar a aquel hombre que tras un comienzo arrogante y altivo se hundió entre sus hombros cuando apreció mi evidente interés por el asunto. La primera paliza que dí me costo días asumirla; poco a poco, el corazón enmudeció y la conciencia se calló, entonces mi alma escapó por las comisuras de mi cuerpo como la arena contenida en el puño de una mano, y acabé por sentirme a gusto con esa dinámica diaria.

Cuando la fama te precede evitas ya muchas bofetadas, pues el temor es la droga que mejor estimula la palabra, mi actitud cambiaba y aprendí que en los bajos fondos nadie calla porque todos tienen que sobrevivir; todos disimulan pero hablan si lo que le ofreces es más contundente que lo que tienen. Una droga, ya digo, que llama a otra droga más dañina todavía.

Así que, si nada me había condenado en el asesinato de Estefanía, ese mismo asesinato había de ser la causa de mi condena personal, de la repugnancia que comencé a sentir por mí mismo. Llegué a descubrir al asesino de la chica pues, pocas cosas se mantenían erguidas cuando me decidía a emplearme con constancia, pocas personas permanecían calladas al batir de mis brazos musculados y resistentes.

Un individuo pelirrojo y pequeño, cuyo nombre olvidé “deliberadamente”, me explicó de forma detallada quién era el autor del asesinato, cómo lo había planificado y por qué había sido asesinada Estefanía. Los pueriles argumentos carecen de poco peso, salvo el hecho de que el mal es tan banal como una sola mirada, como una copa de güisqui o una pequeña discusión. ¿Qué razones había que buscar para matar en aquella época, en aquel barrio oscuro y violento? Ninguna.

Incluso, en un alarde de locuacidad sin límite, llegó a confiarme la razón última por la que fueron mis brazos el lugar elegido por estas alimañas de los vientres putrefactos de mi ciudad, allí donde tuvo Estefanía su lamentable e injusto final.

Esa razón me enloqueció, porque había bastado una pequeña discusión entre los dos, pública y notoria pero circunstancial, para que el asesino se empeñase en que fuera allí – en mis brazos - el lugar donde ella debía de morir... La pobre Estefanía, la dulce Estefanía, cuyos evidentes encantos eran pequeños al lado de su tierno corazón.

El individuo había maquinado el asesinato, me había dejado en evidencia ante una sociedad que tiende a pensar fácil cuando encuentra un culpable. Esa forma de pensar de esa maldita sombra de la ciudad acabaría por ser su perdición. Y la mía, también.

Continué mis pesquisas y encontré al individuo en el mismo club que ahora abandonaba, sentado tranquilamente en la barra con un “J&B on the rocks” que bailaba en su mano parsimoniosa. Allí estaba él, con la frialdad distante de quien posee el mundo en sus manos, de quien dispone sobre lo divino y sobre lo humano con solo hundir su dignidad de hombre con un puño en el pequeño corazón de una mujer.


Me acerqué por la espalda, le golpeé en el hombro y le llamé por su nombre. Él se giró y pude contemplar, en su mirada, el terror.

Un pavor que cobraba forma humana en el reflejo de su iris, una forma imprecisa y bien diferente de aquel que había recogido el cuerpo muerto de Estefanía. Una sombra de mí mismo que se reflejaba en los ojos de un hombre aterrorizado. Mi fama de matón había crecido desde la última vez que lo había visto correr agitando su abrigo y arrancándose los guantes marrones con un gesto despectivo y despreciable.

Sus ojos temblaban más que su propia voz cuando intentó justificar su hazaña. Miré alrededor, solo el dueño nos miraba de soslayo en la lejanía oscura de un club de alterne lúgubre y taciturno como la ciudad, como mi conciencia. Le miré, me vio y regresé a los ojos temblorosos del indeseable asesino de Estefanía rodeado de los cristales reflectantes y callados.


Continuará...

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lunes, 24 de agosto de 2015

Los relatos del género Negro (I)

Un relato en tres partes

Detectives, policías y asesinos


Entre las sombras de las grandes ciudades se han escrito las novelas más apasionantes, se han rodado las películas más amenas y atractivas; esas que dan en llamar el género Negro, esas en que los malos y los buenos se confunden fácilmente, esas donde habitan los más oscuros personajes y las más siniestras intenciones tienen su aposento.


Allí donde el proceloso ejercicio de descubrir el crimen a partir de las pruebas, donde la ley es apenas la recta intención del honesto protagonista que quiere vengar esta u otra cuestión, es donde las más impactantes novelas han buscado y encontrado lo que el público quiere. Es cierto que ha habido abuso del tópico, pero, ¿quién puede dejar de recordar películas como El Enemigo Público o qué escritor actual no ha sucumbido a la tentación de redibujar a estos personajes?

Desde muy pequeño me sentí cautivado por los personajes que habitan en estos lugares de la ciudad, allí donde los sueños se pierden y se vuelven a encontrar, tal y como cantaba Bruce Springsteen en Darkness on the Edge of town; allí donde el hampa domina y establece las reglas y solo un conjunto de "intocables" superan toda dificultad para hacer resplandecer la verdad por encima de todo, de todos y a cualquier precio.



Recuerdo aquella serie de novelas de bajo coste que me leí en el breve espacio de un mes cuyo nombre ya era la definición de lo que este género significa: La sombra, se llamaba. Así como recuerdo las muchas películas de este género que luego tendrían sus versiones más actuales como Dick Tracy, Sin City y otras semejantes.

Bien, pues dentro de este género, os propongo un breve relato en tres entregas, hoy os dejo la primera. Espero que os guste.

La sombra

La noche tras la lluvia 1ª parte

La calle estaba desierta y el cemento húmedo todavía devolvía con calma la lluvia caída a lo largo de la tarde. El verano decaía mansamente hacia un otoño silencioso con mañanas calurosas y tardes de chubascos y tormentas. La noche agradecía la tibia tempestad de la tarde y mi cuerpo exigía una chaqueta para abrigarse de la humedad y del pasado más reciente.

La noche tras la lluvia

Las luces reverberaban en el asfalto devolviendo el candor originario a la oscura y taciturna sucesión de edificios y portales como haciendo homenaje al silencio de la calle desierta y agotada del trajín de la mañana y de la huida ruidosa de una tarde tormentosa.

Abandoné el club con la tranquilidad de haber cerrado una etapa en mi vida, una etapa cruel y desenfrenada donde la muerte y la sangre habían sido una constante. El club se me antojaba - al echar la vista atrás - como una celda claustrofóbica en la que me había sentido atrapado a consecuencia de un accidente fortuito, de una sucesión de desafortunados acontecimientos que me condujeron inexorables a alojarme en él de forma recurrente. Rodeado del repiqueteo de las copas y el trajín de las sombras que habitan la ciudad a las horas en que el club despierta creía haber hecho sucumbir a mi conciencia.

Me detuve a contemplar los charcos y las luces que, en su pálido reflejo, me devolvieron aquel doloroso recuerdo, aquel momento en que Estefanía caía desmayada en mis brazos tras la puñalada que un tipo procedente de esas sombras que habitan los tugurios de la ciudad le había asestado en el pecho. Un golpe seco y profundo, una puñalada certera y profesional, un golpe sorprendente y fortuito que cambiaría mi vida para siempre.

Las extrañas circunstancias de aquel episodio me hicieron sospechoso a los ojos de mucha gente con lo que me adapté a la huidiza forma de ser de esas sombras para evitar que la infamia se cebase en mi persona. Me había convertido en un bulto sospechoso que se había librado por azares del destino de una condena material que diera con mis huesos en la cárcel.

De nada servía lo verosímil de la historia que contaba a quien quisiera oírme, ni la firmeza de mis argumentos; bastaban las circunstancias insidiosas y las difamatorias lenguas de esas sombras temerosas y maliciosas que hablaban de mi azarosa relación con Estefanía para hacerme culpable de un delito que nunca cometí.


El juez, ni siquiera se había atrevido a imputarme en la instrucción del sumario delito alguno, pues mis palabras eran tercas y la falta de pruebas mucho más; si las lenguas difamatorias me acusaban, mi actitud y la ausencia de aquellas pruebas me eximían a los ojos competentes de aquel juez, poco me importaba que sus ojos vacilasen pues para aquel hombre gris, la ley era contundente a mi favor. La policía apenas me habría de llamar a declarar ante él como testigo y poco más.

Sin embargo la condena pública resultaba evidente, perseverante y cruel; y hacia mella en mi persona dañando mi fama y mi propio orgullo personal, porque si un día me levantaba fortalecido y convincente, otro día la fatiga hacía presa en mí. Y es que la sociedad se hace etérea cuando juzga, constante y sin matices; en esa masa carente de forma se desvanecen las aristas y desaparecen los resquicios de la duda, los lugares donde cobijar tu inocencia.

Esa, y no otra, había sido la causa de que empeñara mi vida en la investigación del caso como un detective de sombrero alicaído sobre mi cabeza y la mirada torva y distante con un permanente pitillo relajado en la comisura de mis labios. Un hombre lúgubre y taciturno que hizo de la pregunta su único modo de vivir, de la molestia a horas intempestivas - cualquiera que fuera el oscuro lugar de la ciudad - su norma, su ley, su derecho. Aquel que hizo de sus puños su argumento, y del Colt de cinco balas su más certero encuestador.

Me propuse descubrir quién había matado a Estefanía y por qué. Sin otra salida que la infamia gratuita sólo quedaba la huida hacia adelante. Sí, decidí ejercer de investigador y husmear por los bajos fondos de la ciudad buscando alguna que otra pista que me condujera a aquel tipo de sombrero encalado y abrigo gris hasta la piernas, aquel espejo de mi nueva personalidad, aquel tipo que - doblando la esquina de la Calle del Canal - girara hacia nosotros y, entre corriendo y caminando, asestara la feroz puñalada en el palpitante pecho de la pobre Estefanía.

Continuará...

La muerte de Estefanía

Esto de continuará recuerda a aquellas series, ¿eh? Hoy se estila resolver todo de forma más inmediata o dar retorcidos argumentos para continuar las series televisivas; esas en las que nos encontramos perdidos y apenas reconocemos al final todo lo que empezó a engancharnos al principio. Este relato tiene un final coherente que en próximos días se resolverá.

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#Dentrodelpozo


sábado, 22 de agosto de 2015

Los escritos románticos

Edgar Allan Poe como disculpa

A cuenta de su poema Annabel Lee


Cuántas veces la inspiración viene a cuenta de escritores reconocidos. Edgar Allan Poe es una fuente inagotable pues como todo escritor romántico se mueve en los extremos y deja muchos hilos por donde continuar o completar sus historias.




El romanticismo distorsiona todo lo que toca dibujando la realidad como si fueran perfectos sentimientos, por ejemplo, la muerte y el amor son descritos de forma desgarradora casi siempre. Entre todos los poemas, el amor profesado hacia Annabel Lee es el más romántico de todos, pues la muerte aparece como la venganza de ángeles envidiosos de un amor inocente entre dos jóvenes en un reino junto al mar.

El mar furioso, los ángeles envidiosos, el amor explosivo y juvenil, la muerte antes de tiempo y la soledad frente a ese mar tenebroso nos deja conmovidos e impactados como si fuera un escena de un cuadro.


Este poema ha sido interpretado de muchas diversas formas, y cuyas traducciones al español no dejan de ser versiones algo diferentes de la versión original pues cuando te mueves en los extremos de los sentimientos, siempre se pierde algo con la traducción. El "cómo" se dijo afecta al "qué" se dice y mucho.

El poema dice así en su versión original, en español bien vale la excelente versión de los hermanos Auserón puesta en el video:


Este último poema de Poe me ha dado pie a diversos relatos. El primero, un micro relato y el segundo una carta del enamorado de Annabel Lee a la propia Annabel Lee de la que pondré un breve fragmento, espero que os guste.

Annabel Lee

Había atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión cuando me refresqué con el poema de Annabel Lee: “Hace muchos, muchos años en un reino junto al mar...”

Así comenzaba; la suerte de acontecimientos me condujo a conocer a cierta mujer de idéntico nombre, y el lento devenir de las cosas nos llevó a un universo paralelo de lirismo y mala suerte.

De su mano habité en un reino donde mis ciegos ojos veían con claridad y los mudos me gritaban sus penas. Nunca más, tras su extraña desaparición en aquella ciudad que besaba al mar, transité la senda de los misterios del amor.


CARTA A MI AMADA ANNABEL LEE
Mi añorada Annabel Lee,

Me encuentro recogido sobre mi escritorio observando desde la ventana de mi estudio a las furias del océano que golpean la roca de forma irremisible e inmisericorde. Impenitentes, parecen batir de forma simultánea el acantilado – dejando el dibujo del sonido en la roca esculpido – y el interior de mi cuerpo; como si las olas del mar fueran mi alma solitaria y presa buscando una salida que no encuentra.

Con esa zozobra revienta mi espíritu en los límites del mismo y cincela con violencia un estado de ánimo, una soledad cruel y firme que crece desde que desapareciste de mis brazos. Esa alma que golpea los muros insolentes e invencibles de este ser donde se retiene; justo encima, depositado - alicaído en esta mesa de caoba oscura - solloza cual si fuera un niño que moja estas hojas de papel, ahora con un poema, ahora con esta carta apesadumbrada y solitaria.

Y me pregunto si tendrá quién la reciba, lo mismo que me cuestiono por la realidad de su remitente. Me pregunto si no soy ya una sombra que vaga en esta casa entre el acantilado, los jardines, la sala muda y este estudio que me musita tu recuerdo avivado por el viento... Él, que levanta estas olas de misterioso nombre, que ahuyenta a la vida, me hace vivir como dormido en mi silencio, y el ruido de las aguas se hace dueño de nuestra casa, de la isla y del mundo entero.

Los ríos de tinta que cubren las hojas enteras de penas en tachones y rimas imposibles, construyen bellos versos como una esfinge del sufrimiento; y el tiempo se ha puesto de acuerdo con ellos, pues el viento ha traído lluvias persistentes y cielos grises a mis desapacibles días.

La sensación angustiosa de sentir que los ángeles del infierno y los diablos desde el cielo distante - este - y tenebroso - aquel - se han puesto de acuerdo para arrebatarme mi más precioso tesoro, mi más verdadero yo. Ellos me impiden ver que el sol algún día regresará a esta isla de cuidadoso aspecto y espacios abiertos... mas lúgubres, umbríos y tristes.

(...)

Entonces caigo de rodillas desesperado, y abrazo el pañuelo que me diste el día antes de marcharte para siempre al lugar donde habitan las caracolas que envidio y deseo a la vez. Y de repente, el cielo vuelve a ser gris, se torna oscuro y antojadizo, cruel... La lluvia comienza a caer de forma desigual y violenta en forma de jarras inconstantes que se me arrojan en la verdad de tu ausencia; el viento sopla y solloza con mi cuerpo en un mar de penas y amarguras infinitas; y miro al cielo y lo maldigo por sus ciegas y envidiosas artes, por sus veleidades que te entregan un día todo para arrebatártelo en un instante, para hurtarte el préstamo entregado; ¡por esas malditas artes que te arrebataron de mi lado para siempre...!, mi querida..., mi vida..., mi esposa... mi adorada, Annabel Lee.

En algún lugar en un reino junto al mar, a 13 de mayo de 1849
Tu esposo

PD: Arrojo esta carta al mar en la esperanza de que las olas la conduzcan hasta el lecho donde reposas. Y si las aguas, como hicieron con nosotros los ángeles y demonios envidiosos, deshicieran el papel, la letra impresa en él – como nuestro amor eterno -, quedará inscrita en las gotas de agua y así alcanzarán el lugar donde tú, amada mía, te hallas allí en el huerto de las caracolas.


No todo lo que escribo es tan triste, desde luego; pero es que los escritos románticos son así. Y me parece que el bello poema de Edgar Allan Poe pedía una carta de despedida. Si quieres saber más de mis escritos te dejo los datos (no olvides que mi novela Dentro del Pozo participa en el concurso de Novelas Indie).

jueves, 20 de agosto de 2015

El oficio o arte de escribir

La Palmera Inquieta

La necesidad de escribir: inspiración y dedicación

Hay una canción de Manolo García que dice lo siguiente: "Por si el tiempo me arrastra a playas desiertas, hoy cierro yo el libro de las horas muertas. Hago pájaros de barro y los echo a volar..."



Si buscamos en el diccionario (de la RAE, por supuesto) el significado de "oficio" nos responderá que se trata de "una ocupación habitual, de una profesión de alguna arte mecánica". Después buscamos "arte" y a esta búsqueda curiosa nos dirá que se trata de "virtud, disposición y habilidad para hacer algo".

Podríamos seguir cerrando el asunto con la búsqueda de la palabra "virtud", pero no creo que sea necesario pues entre el oficio y el arte se encuentra esto de ESCRIBIR.

Recuerdo levemente alguna secuencia de cierta película - quizá alguien que lea esta entrada me pueda ayudar a recordarla - en la que una persona era capaz de sacar extraordinarias figuras de un trozo de madera, alegando que tal figura estaba ya dentro de ese torpe trozo del tronco de un árbol y que él solo le ayuda a salir de allí.

Tal es la función del escritor.


Los personajes, las historias que se cuentan, ya están en el papel en blanco y solo el oficio de esculpir con oficio mediante la tarea repetitiva de sujetar al predicado el sujeto y hacerlo concordar de forma armónica hace nacer a los personajes; las historias que les suceden no son otra cosa que la narración de lo que esos personajes hacen casi de forma involuntaria respecto al escritor, que no es otra cosa que un observador de esos acontecimientos. Porque, ellos luego, cobran vida dentro del papel en blanco.

La mayoría de las personas que se dedican a escribir, ya sea de forma profesional o aficionado, te hablarán del impulso, la inspiración y la necesidad de contar esas historias que brotan de su imaginación o incluso de un trabajo proceloso de documentación. Y esta es una realidad palpable y evidente. Lo mismo que dar a conocer la obra escrita y someterla a juicio del público.

Todas estas cuestiones del oficio de escritor se resumen en un breve relato que sin ser autobiográfico, tiene que ver con lo que hacemos cuando escribimos. El relato se llama La Palmera Inquieta y aquí os lo presento, espero que os guste porque al final escribir no es otra cosa que hacer lo de Dylan: llamar a las puertas del cielo por si se abrieran las puertas, ya sabes knock, knock, knocking on heaven´s door, en el mejor sentido de la expresión.


LA PALMERA INQUIETA

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, como aquel día en que mirándome en el espejo descubrí quién era en realidad. El reflejo de ojos inquietos me devolvió la mirada con su iris de metal al modo de la lluvia tras la ventana, con la melancolía del pasado cuando regresa a los vastos campos actuales, con esa cadencia húmeda en el cristal. El vidrio recordó los marchitos sueños juveniles y desveló la determinación de la edad madura: “Tú solo haces una cosa con arte... ¡Escribe!”

Y me senté en el viejo escritorio de raídas esquinas con la misma mirada de mi abuelo. Fuera, la palmera que daba nombre a la casona, mecía la lluvia al son del viento mostrando la extrañeza de sentirse amarrada a una tierra hecha de agua. El espejo dijo la verdad, el escritorio improvisó sus historias y el tiempo se hizo aire.

El papel en blanco se llenó de extraños garabatos, los personajes que no existían nacieron a la vida de mi mano. Entre aquellas hojas blancas surgieron un trasunto de historias inventadas que llenaron librerías y, en ocasiones, obtuvieron premios; galardones que brotaron, de forma paradójica, en una mirada de lluvia dentro de un espejo.

Llueve mansamente y sin parar, como aquel día en que me reconocí en un reflejo de agua... Discúlpeme..., la palmera inquieta hizo el resto. 



Tal es lo que le sucede un día a quien se dedica a escribir. Se mira al espejo y dentro hay alguien que quiere contar historias. Estas historias, las mías, las puedes encontrar en los siguientes accesos:

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