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sábado, 30 de enero de 2016

Gladiator

La Pax Romana

Las Voces de los Hombres

La gran película moderna del Peplum - género de romanos - es, sin duda alguna, Gladiator porque tiene todos los elementos de ese cine, más la vistosidad de los épicos efectos especiales, la gran interpretación, el ritmo trepidante y la extraordinaria historia de una venganza bien merecida.

A decir verdad, la historia que narra dista bastante de la real sucedida por entonces. Al estilo de Alejandro Dumas, parece coger Ridley Scott los personajes históricos reales y crear en ese marco real, una historia inventada que, si bien no es cierta, "e ben trovata" (merecía serlo, al menos). Otras épocas sí tienen esa épica que desprende la película.

Russel Crowe es Gladiator

Marco Aurelio - el emperador filósofo - no murió asesinado por su hijo Comodo en venganza por la adopción del general Hsipano Maximo Decimo Meridio como Emperador transitorio que tendría la misión de devolver al Senado el poder de Roma. Entre otras cosas, porque Marco Aurelio no pensaba devolver tal poder a un Senado ya dominado y sin el poder que tuviera dos centurias antes.

Es cierto que los Emperadores Romanos escogían muchas veces a los siguientes emperadores bajo la forma de la Adopción del mejor; y no era necesariamente el linaje o la herencia lo que determinaba la elección del siguiente Emperador, pero en este caso Comodo no tuvo que asesinar a su padre para lograr colmar tan alta ambición.
El Limes Romano era donde se definían los buenos generales y los mejores emperadores
Otras circunstancias de la historia parecen ser ciertas. Cosas como la excentricidad de Comodo y su obsesión por llegar a ser reconocido como un buen Gladiador, asunto que parece que llegó a empujarle a pelear en la misma arena del Coliseo con otros gladiadores.

Así Lucio Aurelio Comodo Antonino, el último Emperador de la Dinastía Antonina, fue uno de esos excéntricos emperadores que vivieron enloquecidos por un síndrome paranoico que lo equiparan con otros como Domiciano, Neron o Calígula. Extraordinario Joaquin Phoenix, haciendo creíble a este enloquecido romano.
Lucio Comodo Antonino, el Emeperador excéntrico y paranoico que borda Joaquin Phoenix

Dicho lo cual, la película tiene todos los elementos que la hacen imprescindible como una de la grandes películas de romanos. Entre otras cosas la dosis épica de la venganza, pues una vez asesinado Marco Aurelio por Comodo al saber que el Emperador iba a ser el general Romano interpretado por Russel Crowe (Oscar al mejor actor): Maximo Decimo; el excéntrico Comodo consuma su venganza matando a toda la familia del general en la lejana Emerita Augusta (nuestra Mérida).

En un trepidante "up and down", Maximo acaba esclavizado y ejerciendo de Gladiador en el norte de África. A partir de aquí y gracias a sus cualidades, acaba por ser un héroe del Coliseo Romano hasta afrentar a un Comodo desconcertado al descubrir el rostro del General en el Gladiador Romano que creía acabado y lejos del Palacio.Él le recuerda cuál es el motivo de la venganza que acabará por poner fin a un imperio de terror, persecución y muerte para iniciar un tiempo nuevo de paz romana.
El regreso a casa, la aspiración de todo soldado de Roma que tras los servicios prestados durante décadas, les era permitido. Maximo no logrará regresar a casa pero conservará los dioses romanos del hogar para recordarlo.
Gran película, bien rodada, con una trama excelente que impacta y mantiene en vilo desde el principio hasta el final. Una historia irreal pero histórica, sin embargo, en muchos aspectos que no deja indiferente a nadie y que logró ser reconocida por el público y la Academia con el Oscar a la mejor película.

Una historia que sirve para presentar un microrrelato que goza de esa misma épica, con la intención de luchar para erradicar las injusticias; pues no en vano no hay paz que se obtenga sin esfuerzo ni combate y así fue la Pax Romana, un tiempo en que el orden y el derecho estuvo por encima de un mundo violento e incontenible... aunque no siempre.

Celos, envidia y miedo. Las miradas lo dicen todo. Comodo Vs Maximo

Pues ya sabemos, como dice Maximo Decimo Meridio, General de los ejércitos del Norte, que "todo lo que hacemos en la vida tiene resonancia en la eternidad", como le decía a sus legiones.


LAS VOCES DE LOS HOMBRES
Microrrelato publicado en www.manchonería.es

Una línea nos divide, un río que corre borbollante y musical hacia el olvido. Tú me miras fijamente y yo te miro con detalle. Me sonríes, levantas tu melena para empaparte. A este lado, te siento inalcanzable pues las aguas separan tu estirpe de mi raza; las vestiduras que te ciñen como la vaina a mi espada, de las raídas y ensuciadas capas que cuelgan de mi espalda. Tu mirada borra fronteras invisibles y reales.

Una voz desde el paciente carruaje, potente y distante, enhebró un tapiz insuperable. Esta estrecha distancia no es río ni es de aire... Son las voces de los hombres que viven construyendo los muros de las clases. Recogiste las sayas para no mojarte.

- Corre niña – susurré – enciérrate en tu palacio de silencio, no se quiebre tu mirada. Mi sangre abrirá cancelas y cerrará las bocas de los hombres para acallar las clases.

"Todo lo que hacemos en la vida, resuena en la eternidad" - una frase que bien pudiera haber sido Romana pero que parece extraída de un Salmo. Para una historia Épica, genial


martes, 26 de enero de 2016

The River

Las canciones míticas

El origen de las cosas: el amor, la vida,...

Bruce Springsteen es quizás el único intérprete que entre disco nuevo y disco nuevo, vuelve a publicar CD´s o DVD´s conmemorativos de alguno de sus LP´s o Conciertos históricos. Y es que Bruce Springsteen es una leyenda viva.

En la actualidad ha reeditado el disco The River bajo el título de: The Ties that Bind, evocador título que habla de los lazos que unen a Bruce Springsteen con sus fans y viceversa. Poco público puede ser más fiel que los que seguimos a Bruce Springsteen y no creo que haya un intérprete tan fiel a su público como el propio Springsteen.

Cartel de The River Tour
Este disco conmemorativo es mucho mayor que el original "doble" de The River, pues contiene hasta 52 canciones que incorporan - además de las originalmente editadas - unas cuantas que, aunque descartadas en su momento, fueron posteriormente recuperadas concierto tras concierto y recopilación tras recopilación. Es, en cualquier caso, una joya para cualquier amante de la música del autor de Nueva Jersey.

Y ahí lo tenemos de regreso en el Río, en su río, enfundado con su Fender Stratocaster y acompañado de su descomunal E Street Band - que, a pesar de las inestimables bajas, sigue construyendo su leyenda concierto tras concierto y atravesando "carreteras de trueno" en busca de su "tierra prometida" -. Y parece que arrasando... como siempre y en plena forma.


Pero vayamos al asunto, la canción que daba nombre al título es quizá una de las mejores baladas de la historia. Una canción intimista y evocadora cuyos acordes te van introduciendo lentamente en un mundo de nostalgias de tiempos mejores hasta que una voz desgarradora y un cambio de ritmo descomunal te inunda como si estuvieras dentro mismo del río, empapándote de aquella felicidad y del sabor de los primeros besos cuando los problemas económicos no acuciaban a la pareja.

Una canción romántica, emotiva e, incluso dura, que cuenta - según dicen - la historia vivida por la hermana de Bruce Springsteen, Cuentan que cuando la interpretó por primera vez, ella estaba presente y entró agradeciendo emocionada la canción en el camerino de su hermano. Claro que yo no estuve allí para presenciarlo, pero habrá que creerlo si lo dicen.



Como toda gran melodía, lo bueno es que casi todos podemos aplicarnos algo del cuento, pues de alguna manera nos sentimos identificados con ese lugar en donde todo nace, también el amor; pues el río es un lugar poético que evoca el nacimiento, la vida, la explosión de la naturaleza más rica y diversa. El río - The River - es el origen de todo lo bueno, el lugar al que queremos regresar cuando todo va rematadamente mal. Volver al origen y empezar de cero... si pudiéramos.

Allí donde los cuerpos enamorados pedían guerra sin piedad, donde los besos prometían un mundo eterno que, al final, no fue tal por la esquiva fortuna, por los mediocres problemas económicos de nuestra rutina diaria. Allí, en el río, donde nuestros cuerpos estaban tan próximos que podíamos sentir cada respiración, cada aliento que insuflaba vida, cada bocanada de aire que entregaba toda una tierra prometida.


Unos recuerdos que atrapan como una trampa sin salida, como una maldición, como una mentira que te condena - una y otra vez - a regresar nuevamente a ese río de aventuras juveniles y pasión sin medida. ¿Quién no alberga recuerdos de algún río como ese en su memoria?

Aquí os dejo la letra de la canción y un extraordinario relato breve que habla también de volver al origen, si se puede.. Y como el autor de un escrito puede hacer lo que quiera, esta vez quizás si pueda retroceder las cosas.

THE RIVER (Bruce Springsteen)


I come from down in the valley
where mister when you're young
They bring you up to do like your daddy done
Me and Mary we met in high school
when she was just seventeen
We'd ride out of that valley down to where the fields were green

We'd go down to the river
And into the river we'd dive
Oh down to the river we'd ride

Then I got Mary pregnant
and man that was all she wrote
And for my nineteenth birthday I got a union card and a wedding coat
We went down to the courthouse
and the judge put it all to rest
No wedding day smiles no walk down the aisle
No flowers no wedding dress
That night we went down to the river
And into the river we'd dive
Oh down to the river we did ride

I got a job working construction for the Johnstown Company
But lately there ain't been much work on account of the economy
Now all them things that seemed so important
Well mister they vanished right into the air
Now I just act like I don't remember
Mary acts like she don't care
But I remember us riding in my brother's car
Her body tan and wet down at the reservoir
At night on them banks I'd lie awake
And pull her close just to feel each breath she'd take
Now those memories come back to haunt me
they haunt me like a curse
Is a dream a lie if it don't come true
Or is it something worse
that sends me down to the river
though I know the river is dry
That sends me down to the river tonight
Down to the river
my baby and I
Oh down to the river we ride





Nadie sabrá mi paradero

La rosa se deshojó dentro de mi puño con enorme facilidad. Me sentí poderoso.

Caminando por el Parque del Oeste la ciudad se me perfilaba como una serie de sombras temerosas e inquietas a consecuencia de una maldición impuesta entre grava y cemento; mientras tanto, los rayos tempraneros del sol de un verano cruel y plomizo incidían con la intención de atravesar las paredes de los edificios con un espíritu asesino, como dando cumplimiento a una venganza amasada lentamente, enfriada por el tiempo y caldeada por el ansia que en la espera germina y crece; una venganza masticada a fuego lento y mistificada desde el rigor del frío invierno hasta el calor impertinente del verano.

Decidí entrar en la rosaleda donde el tiempo se detiene y amansa a la espera del momento fijado para la entrega de la mercancía. “La mercancía”, curiosa forma de llamar al asunto de nuestro negocio. Entre los rosales varios y dispersos me permití el lujo de divagar.

Hacía tiempo que el bien y el mal era algo irrelevante en mi forma de vivir, la delgada línea que los separaba con una meridiana claridad en mi juventud se había esfumado a fuerza de repartir pequeños paquetes de esa... “mercancía”. Un negocio con grandes ganancias, es verdad, aunque con mayores riesgos de los que la mayoría estaba dispuesto a asumir. Recordé, entonces, punto por punto, la conversación que tuve con el Jefe el día en que decidí dar el paso hacia los turbios asuntos a los que me dedico...”En este negocio vale más la palabra de menos y no cometer errores. No queremos..., despreciamos hasta el límite de la vida, a las personas con imaginación”

Así que cerré mi cabeza y sometí mi vida al escrúpulo de la hora y de las órdenes impuestas. Ni un solo error había cometido desde aquel día, con puntualidad británica fui deshojando los pétalos de la flor del bien para dejar mi espíritu yermo e insípido. Sin embargo, el día había comenzado mal... las horas de la madrugada me fueron descorriendo un velo en la cabeza y mi memoria, traidora a todo principio impuesto, me hizo recordar aquel tiempo en que, a pesar de todo, conservaba la conciencia como una pequeña luz de un comportamiento equívoco pero bienintencionado.

Al contemplarme en el espejo antes de salir a esta cita concertada en el parque madrileño donde habitan los muchos colores y los olores heterogéneos, pude ver con meridiana claridad la sombra de unas ojeras rigurosas y moradas. Ese luto de mis ojos tiraba con violencia del resto de mi rostro y dejaba dibujadas las huellas de los años en forma de arrugas profundas que marcaban la cara entera como los surcos de un campo abandonado a su suerte.

Estuve haciendo acopio de recuerdos toda la mañana hasta que algo me reclamó por entero y me detuve ante una rosa perfecta, una flor precisa y abierta de forma impenitente hacia la vida, hecha solo para orlar con su belleza a la belleza misma. Erguida y firme se levantaba amenazante ante mi mirada; retadora, me informaba de que su belleza era inagotable pues solo el tiempo, el agua y el frío la escondería para regresar cada primavera con más poder, ya que el solo hecho de resucitar cuando los vientos cesan le aportaba prestigio y resultaba la verdadera imagen de la eternidad. Ningún mal la perturbaba, ningún bien la conmovía; ella era la belleza pura: breve e intensa, pero eterna. En eso descansaba su poder, en que moría cada vez para regresar otra vez a la vida, nuevamente y como siempre.

Sus pétalos y los surcos de mi cara competían como fractales azares de un destino que me había castigado más que la tierra a la flor. No pude soportar al ver en ella a mi juventud prometedora, y la tomé en mi mano cerrando el puño fuertemente... conteniendo la corona para deshacerla lentamente y para siempre. Los pétalos cayeron suaves y alegres, quedando en el suelo depositados hasta que ese sol vengador consumara su final quemándolos definitivamente. La rosa murió aplastada por mi mano cruel... y me sentí poderoso. Un dios capaz de aniquilar la vida más hermosa, la inocencia más pura que finalizaba su recorrido como en un cenagal sin vida ni belleza.

Mi conciencia quedaba nuevamente acallada al contemplar que esa belleza, como el bien, se apaga fácilmente; bastan unas mínimas gotas de violencia.

Miré a lo lejos a la espera de la persona que traería el paquete marrón mientras separaba mis manos de la eterna flor... Unas gotas de sangre resbalaban de mi mano hacia el suelo y el dolor agudo irradió hasta mi corazón como el rayo impertinente de una tormenta en una noche de verano, y se detuvo en un chasquido; mi cuerpo cayó como el plomo en el suelo sin remisión alguna. Desde allí, tan lejos y tan cerca, pude contemplar los pétalos caídos y el tallo enhiesto mirando mi rostro descompuesto, las finas agujas que apuntaban a mi mirada que se desvanecía... y comprendí que si se apaga la belleza, se desvanece con ella la vida.

Cerré los ojos para dar por finalizada mi actuación cuando una voz alarmaba de mi presencia sobre el suelo, pude leer - antes de morir - que un cartel avisaba de la maldición de esa flor, de los pinchos venenosos que la hacía inmortal... pues nadie se había atrevido a tocarla a lo largo de los siglos. “La flor eterna” escondía un veneno misterioso que acababa con toda forma de vida que osara importunarla.

Y recordé los versos de Bécquer:

Mi vida es un erial,
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.”

Pensé, amarrado a mis recuerdos, que “este despojo tuvo conciencia como esta flor tuvo belleza; y la belleza se conserva en el recuerdo de esta rosa. Así también mi conciencia”.

Me desperté de forma repentina rodeado por personas desconocidas en la rosaleda del Parque del Oeste, me levanté como si no hubiera sucedido nada, jovial y decidido, saludé caballerosamente y me fui tranquilo ante la mirada atónita de quien portaba esa “mercancía” y de todos los que observaban - alarmados - la trágica escena que se convirtió casi en comedia.

Los pétalos de la flor se recompusieron por sí solos como por arte de magia. No me pregunté el porqué de todo esto, la razón última de lo sucedido; no me pregunté el porqué de mi despertar insolente. Pero sí puedo asegurar que me sentí compasivo al ver la flor recompuesta de nuevo.

Me fui silbando a solas sin echar la vista atrás... Nunca más regresé a ese lugar ni nadie - desde entonces - sabrá mi paradero.

La Rosa se recompuso nuevamente porque tengo conciencia. Fue igual de fácil resucitarla y me sentí compasivo.

FIN

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jueves, 21 de enero de 2016

Jugamos como nunca, perdimos como casi siempre

Cosas del baloncesto

Microrrelato-homenaje a Camilo José Cela

Como este blog es mío hago en él lo que me da la gana - veremos si os convenzo - y volveré a mezclar churras con merinas, advierto. Las churras es el baloncesto y las merinas un microrrelato con el que no gané un concurso, un microrrelato ganador (en mi soberbia opinión). ¿Por qué mezclo estos dos conceptos?, que diría un cocinero del tipo de David Muñoz (o sea, Dabiz Muñoz, el de Diverxo) cuando mezcla la cocina Tailandesa con la Gallega, que nada tienen que ver, salvo que ambas emplean buenas gambas.


Los héroes caídos de la infancia. Portada de Gigantes tras la muerte de Fernando Martín

Pues muy sencillo, porque el baloncesto fue el deporte que más practiqué, que más me gusta y con el que disfruto casi siempre que lo veo o practico. Empecé con el baloncesto siendo muy pequeño básicamente porque no jugaba bien al fútbol - vamos, ni malo ni bueno, del montón -. El baloncesto supuso, en ese mundo infantil de las jerarquías incómodas, un plus de prestigio entre mis amigos y compañeros (que no es lo mismo).

Adoraba jugar a este deporte, esperaba con nervios los días de entrenamiento y partido; y solo el hecho de aspirar a ser un base bajito truncó una carrera de éxito (o al menos eso soñaba yo, como tantos chicos de mi edad). Vamos, yo crecí, con un balón de baloncesto en las manos mientras intentaba hacerlo girar sobre un dedo o pasar por debajo de las piernas o soñaba con ese tiro imposible que nos diera la victoria definitiva, la copa y el mundial - como tantos otros niños de mi edad -.

Espectacular tapón de Nate Davis (estrella entre las estrellas) a Chicho Sibilio

Asistía a los partidos del equipo local de mi ciudad que jugaba en la ACB. Como todos los chicos de entonces, nos alejábamos de los mayores y nos acercábamos para ver el partido al borde de la pista mientras una densa nube formada por humo de tabaco impregnaba la cancha de baloncesto ocupando el espacio visible como la niebla londinense sobre el Támesis.

Hoy, las canchas están libres de humo, y los niños son los reyes de la casa que se sientan en el mejor asiento; pero entonces era diferente: los niños éramos libres de sentarnos al ras de suelo al lado de los jugadores, estrellas rutilantes de un firmamento inaccesible... Aseguro por lo más sagrado que el olor al cuero del balón y al serrín que soltaba el parqué resultaba embriagador por aquel entonces. Cosas que se pierden cuando creemos que el mejor asiento es mejor que ser libres.

Canchas atestadas de humo, niños a los pies de sus estrellas, el baloncesto en los 80
Pues tengo la sensación de haber participado en esto del baloncesto jugando como nunca (enamorado de este deporte hasta las trancas) y perdiendo como casi siempre por culpa de no medir dos metros y por el empeño de aquel "estúpido" entrenador de obligarme a jugar de pívot cuando yo quería ser base...; bajito sí, pero base. Así son las cosas, pocas veces, pero a veces, la culpa es de los demás o de nadie. Como aquel tiro de Pau Gasol contra Rusia que se salió de dentro y por el que perdimos los españoles nuestra Eurocopa en Madrid... Solo mala suerte.

Perder, perdimos muchas veces... pero también ganamos muchas otras. España campeona del mundo en Japón

Ya, ya sé, que en Argentina se quejarán del último triple fallado en la semifinal del Mundial de Japón que les impidió pasar a la final y tras la cual, España ganó su primer Mundobasket. Es verdad, a veces, también jugamos como siempre y ganamos como casi nunca, pero hoy estamos hablando de cuando sucede lo contrario. La suerte a veces juega a favor.

Por cierto, qué gran recuerdo aquel en que el seleccionador reivindicó esta memorable palabra: "ba-lon-ces-to". A mí, también me gusta el fútbol y otros muchos deportes, pero es que el baloncesto fue el fetiche de mi crecimiento, el talismán que me hizo crecer colándome por las vallas de los colegios los domingos por la tarde solo para jugar a baloncesto como yonkis con el mono de conseguir un triple histórico; y así, conocer la vida tal y como es: un rato en el que a veces se pierde (muchas veces) y otras veces se gana (pocas, ¡pero qué buenas!)..., la cosa es que hay que jugarla.

En la NBA - de madrugada - soñábamos con estos tres figuras. Las leyendas nunca mueren


Ahí va mi triple decisivo en forma de microrrelato... ("que entre, por Dios, que entre")

IRIA
Homenaje a Camilo José Cela

Yo, señor, no soy malo; pues nací entre las lluvias y los vientos de un invierno rodeado del verde de una tierra construida con la paciencia que da la lluvia. Crecí en una casa sombría amamantado por una institutriz alemana.

De las gotas de melancolía que ofrece la naturaleza, señor, y de la recia educación recibida surgió este gesto autoritario que hoy aprecia. Si añadimos que me entregó un cuerpo generoso y una cabeza bien armada, ¿qué quiere que le diga?, tomé el papel que ella me dio: adusto en las formas y paciente en el alma. Yo, señor, soy un hombre hecho a las características que me dio el Divino Hacedor.

Añadamos que los tiempos muertos fueron muchos y que esos vientos quisieron someter a un niño fuerte al hacinamiento en una casona donde su ulular violento hacía golpear las ventanas en el silencio de la tarde, entre el crepitar lastimero de la lluvia y un sonido de gaita que nacía de la misma piedra. Fui de andanzas libertarias para evitar a la cerril institutriz que me confinaba a aquel rigor. Entre vientos, huía a las fiestas populares en busca de otras enaguas cuando la adolescencia me gritaba: ¡escapa!

Señor, el deseo de libertad también me llevó a leer libros prohibidos entre las bambalinas de la casa, lugares donde nunca alcanzaba la mirada de mis padres. Allí es donde aprendí a ser contador de historias, forjador de personajes y arquitecto de novelas que me dieron el renombre por el que quedé para la historia.

¿Qué tiene que ver Iria Flavia con el baloncesto? Diría Dabiz Muñoz que "el concepto". Esa es la respuesta


FIN

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lunes, 18 de enero de 2016

La mentira, el engaño

Quiz Show, el dilema

Relato La Despedida

Un tópico del cine y la literatura es la relación existente entre la posición social y el engaño, la mentira, el fraude o la infidelidad. Suele dar buen resultado esta mezcla de tópicos pues a todos nos atrae como pocas cosas la verdad aunque sepamos que la moneda que mejor circula sea, precisamente, la mentira.

Ralph Fiennes es Charles Van Doren

Ya tocamos algo relacionado con esta cuestión cuando hablamos de la película La Edad de la Inocencia, sin embargo hay una extraordinaria película que toca estos temas en relación con el mundo de la televisión de una forma magistral, elegante, extraordinariamente interpretada y que va al meollo de la cuestión recreando el caso real del Concurso televisivo de los años 50: El Veintiuno.

Destaquemos para empezar, la gran dirección de Robert Redford empleando un modo clásico de concebirla, te sitúa de forma brillante en la época donde se desarrollan los acontecimientos, en la inocencia del público ante la novedad de los concursos televisivos y el debate moral de la mentira y la verdad. Es una gran película con un apasionante debate moral muy apropiado para el papel de un educador.

Staples (John Turturro) encantado de enfrentarse a Charles Van Doren


Además del papel de director, debemos destacar dos interpretaciones buenísimas, la de Ralph Fiennes en el papel de Charles Van Doren, profesor de la Universidad de Columbia e hijo de Mark Van Doren, - reputado poeta y escritor -, y de la novelista Dorothy Van Doren. Un prometedor intelectual en ciernes que se siente cautivado por la TV y por la oferta que le hacen de ganarse el prestigio mediante la participación en un concurso televisivo que acaba por ser un amaño en donde le entregan hasta las preguntas por anticipado.

El otro gran papel es el de John Turturro - actor todoterreno - que hace el papel del envidioso perdedor ante la rutilante estrella de Van Doren. Algo que no acaba de digerir bien pues cree interpretar el papel mejor que nadie, aunque sabe que no es más que un amaño. La película aparece aderezada por otras interpretaciones menores pero destacadas como las apariciones de Mira Sorvino o del propio Martin Scorsese.

Geritol, el patrocinador del concurso el Ventiuno con los dos concursantes objeto de la polémica

Como consecuencia de aquello se llegó a abrir un proceso ante el Comité Legislativo de Vistas que acabará con el discurso de un miembro del Comité que reprocha la actitud de Van Doren sin mostrar la compasión de sus compañeros porque - le recuerda - que él es de Brooklin y nada sabe de familias, y sí de decir la verdad o engañar y que, en su opinión, la actitud de Van Doren es un fraude en toda regla, nada de paños calientes.

Una estupenda película que, a pesar de tocar, el tema de la verdad y la mentira reconoce que la TV es así y que esperar la verdad de "este nuevo medio" es una ilusión utópica pues esta se mide por la audiencia. Tiene la película momentos memorables y si no la habéis visto os la recomiendo.

El gran Martin Scorses en su papel de magnate de la TV, interpreta el papel del que nunca pierde... pase lo que pase


Con esto introduzco mi relato La Despedida en donde el engaño y la posición social juegan un papel determinante. Es un relato de ambiente modernista situado en la Estación de Mediodía de Madrid (hoy más conocida como Atocha) a comienzos del Siglo XX cuando los trenes de vapor viajaban de Madrid a París resoplando con los nuevos vientos de la modernidad.



LA DESPEDIDA
Estación de Mediodía o de Atocha, principios del siglo XX

La Estación de Mediodía era apenas el humo de las locomotoras y el rechinar de un ferrocarril que se unía al bullicio de maletas y tacones que pisaban apurados los andenes. Unos techos altos de metal y unos muros de ladrillo decoraban las prisas de los tiempos actuales. A lo lejos, un vagón de soldados se dirigía hacia el Sur; en Algeciras, cruzarían el Estrecho en busca del frente que en esas tierras lejanas andaba dando quebraderos de cabeza a Europa entera.
A mí me preocupaban, desde luego, pues los servicios de la embajada española en París querían estar al tanto de esos sucesos que traían en jaque a cientos de inversores. España no era más que una potencia de segunda fila entrando en aquellas tierras de disputa donde Francia no podía si Alemania no quería.
Pero en fin, no era esa cuestión la que me importunaba, pues había utilizado las buenas relaciones que tenía para dejar a buen recaudo a los familiares que podrían estar en edad de contribuir a la patria. Bastaba una cantidad justa de dinero para sufragar la causa y las levas no pasaban por mi mansión del Viso. Ni mis dos hijos, ni sus primos, verían los desastres de una guerra...; y sé que algunos me llamarán poco patriota por ese motivo, pero soy demasiado débil como para ver sufrir a los míos. No soy un héroe, lo admito.
Vero, mi esposa, viste siempre de forma medida y adecuada, con cierta distinción aunque distante y fría; y en esta despedida me acompaña muy formal, haciendo ver que cumple con el protocolo que exige la buena etiqueta de la ciudad de Madrid. Distinción no le faltaba, ni tampoco corrección; le faltaba – esto es obvio – inventarse sentimientos que ya no existen, o interpretar el papel de mujer que vive alejada de su enamorado marido. Sabía comportarse y mantener la conversación amena y distendida pero, ya hacía años, que el cinismo se había acomodado en la familia y nunca hablábamos de sentimientos que no existían.
Foto de época con el tren de vapor

Lo cierto es que no recuerdo quién fue el primero en engañar de los dos – si se puede llama engañar a algo que haces con misiva y acuse de recibo -, pero sí sé que nos lo tomamos como lo hacen las familias bien asentadas de esta ciudad, como un partido de tenis o una carrera de caballos en la Hípica de la Castellana. Incluso apostaría a que Vero mostraba más entusiasmo por las correrías de su yegua “Sirena” que por nuestras andanzas. La medida frialdad con que me trataba, la satisfacción fingida a mi llegada y la ausencia de emoción en las despedidas hacían de Vero una mujer distante y fría..., pero sólo conmigo.
Su amante actual se llama Gilbert, un irlandés de origen noble y sin título por falta del dinero con qué sufragar y conservar dicho título nobiliario que le corresponde por linaje; un hombre apuesto y diez años más joven que ella. Por el informe de mis investigadores sé que es jugador y pendenciero, que le gusta el güisqui y que frecuenta más amistades femeninas, además de mi mujer. Sé que con ella obtiene los emolumentos que le permiten mantener esa costosa y relajada vida que él disfruta en esta ciudad repleta de ratones y de hombres.
Al saberlo, no he hecho acto alguno para perjudicarla en sus devaneos amorosos y libertinos, he procurado – eso sí – limitar la cuantiosa fortuna que emplea para evitar quebrantos innecesarios y poner vigilancia a tal figura varonil con el único fin de evitar males mayores y quebrantos dinerarios. Si el ínclito Gilbert optara por pedir más de lo razonable a mi esposa, mis contratados tienen el permiso de sacudirle para hacerle recapacitar y, si no lo hiciera, he dejado previsto en el Banco de España una caja de caudales con una llave que entregará el depositario a la persona que yo le haga saber mediante un cablegrama. Persona que obrará en consecuencia más allá de lo legalmente permitido de forma profesional.
Mi historia es menos accidentada, vivo en París con Marie, en el número 6 del Bulevar de San Marcel. Muy cerca del Río Sena en un pequeño apartamento de techos altos y estilo parisino. Bien acomodado, disfruto de un trabajo estable y pacífico y unas buenas relaciones que me permiten practicar el tenis y la esgrima sin poner en riesgo mi patrimonio.
Hay quien me llama bígamo entre risas supuestamente cómplices, haciendo ver que mi doble vida les produce envidia. A mí no me gusta entrar al trapo de este asunto, dejo que hablen lo que deseen y satisfagan su curiosidad morbosa de adentrarse en vida ajena para evitar su monotonía y aburrimiento. Sin embargo, sé bien que no es cierto lo que dicen de mí.
Un tren de vapor saliendo de la Estación de Atocha

La bigamia es cosa imposible, pero el hecho de que no conviva con Vero no me permite abandonarla a su suerte y dejarla sin protección alguna de una sociedad que acaba con la fama de las personas en cuanto te das la vuelta. Y la fama, en nuestro mundo, significa poder salir sin miedo a la calle, gestionar tus negocios sin que las mafias que pululan buscando saldos te perjudiquen o tener recepciones con los distinguidos miembros de la catolicidad que dominan los resortes de esta ciudad evitando los “dimes y diretes” de la salida de Misa en la Colegiata de San Isidro; aunque saben lo que sucede, las cuidadas apariencias y la buena posición, nos permiten movernos con la cabeza alta entre el ominoso silencio de quien desea hablar y no puede. Sostengo a Vero y ella me sostiene a mí, digamos, dentro de la España oficial.
Conocí a Marie tras el parto de mi segundo hijo, cuando Vero se enfrascó en la bebida y huía de mi presencia; la cual le debía parecer entre repugnante e incómoda. Es cierto que, sin sentir demasiado amor, entre los dos había cierto afecto hasta entonces, pero aquel hijo – Gustavo – acabó con nuestra relación. O mejor dicho, la relación se volvió tormentosa a causa del cuidado de Gustavo, pues la nodriza que se encargaba de él, producía en Vero unos celos infundados y violentos; pues ella creía que tal nodriza cuyo nombre no recuerdo era mi amante y le arrancaba de sus brazos todas sus posesiones importantes.
Esos celos la condujo al odio hacia mi persona y, entonces, fue cuando encontré a Marie en una recepción en la embajada francesa. Vero había encontrado ya a..., cielos, ¡no recuerdo su nombre! Marie apareció en mi vida como la pieza que faltaba en el rompecabezas para que todo funcionase de nuevo
Marie era hija del embajador de Francia, mujer distinguida, elegante y bella. Mantenía una conversación paciente y refinada con todo el mundo y me enamoré perdidamente de su dulce voz y de la finura de su trato. Su talante liberal y abierto facilitó nuestro, llamésmole así, “matrimonio en circunstancias especiales”; pues a ella no le importaba en absoluto las bodas ceremoniosas ni socialmente aceptables.
Pronto pedí destino en París y, con la ayuda de su padre, me asenté en la capital de Francia. Desde entonces, mantengo a mi esposa en Madrid y vivo con mi mujer en París.
  • ¡Ah, ahí está el tren querido!
  • Me marcho corriendo, Vero. Enseguida te escribo y me cuentas qué tal Sirena en su próxima carrera.
  • ¡Claro, claro!, corre que el vapor te va a manchar la taleguilla. Disfruta en París, vuelve pronto. - El rostro terso de Verónica languideció de repente y una mirada triste brotó en su rostro. Le acaricié la mejilla, algo sorprendido, y la besé de forma fraternal pero cariñoso.
  • Es mejor así, Vero. Pronto volverás a ser tú misma y disfrutarás nuevamente de tu merecida independencia.
  • En fin, sí tú lo dices Jaime. Haz lo que quieras, pero no te olvides de Madrid. - Subí al tren mientras ella retomaba la presencia distinguida, hierática y fría que siempre había tenido. Por un momento pensé que iba a llorar, pero si lo hiciera, yo no podría irme y las personas de nuestra posición tenemos la obligación de cumplir con la palabra dada.
El tren silbó, salieron a presión los vapores que contenía en su interior como un cansado resoplido y comenzó a alejarse lentamente de Vero, de mi familia y de Madrid. Por un momento, tan solo por un momento, pude leer en los ojos de Vero un atisbo de afecto, una gota de dolor por el amor perdido, un imperecedero atisbo de sufrimiento que me desconcertó. Vivimos ambos bien así, no nos permitimos el lujo de arriesgar el patrimonio por eso que se llama..., una infidelidad.


FIN
Imágenes reales del concurso con Van Doren a la derecha


Charles Van Doren en Quiz Show

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martes, 12 de enero de 2016

Rosebud

Ciudadano Kane

Relato La Casa del Abuelo

Desde pequeño me ha impresionado la película Ciudadano Kane, una obra reconocida unánimemente como una joya del cine, donde Orson Welles hace un esfuerzo innovador de primer orden revolucionando el cine según dicen los críticos más reconocidos.


Rosebud sobre la nieve

No se trata aquí de hablar de la trama ni de las innovaciones, ni siquiera del argumento de la película. Solo quiero hacerme eco de esa misteriosa palabra con la que empieza la película y termina la vida del magnate de la prensa estadounidense William Randolh Hearst (que ese es Ciudadano Kane, en realidad) mientras una bola de cristal que encierra un paisaje nevado cae rodando por el suelo: Rosebud, evocadora palabra de una infancia perdida... o quizás algo más.

Este nombre aparece grabado sobre el trineo en el que el magnate se deslizaba cuando era niño, el mismo día en que - tras el fallecimiento de sus padres, creo recordar -, un banco se hace cargo de su educación a través de la figura de la tutela. Un niño tutelado por un banco, la infancia aniquilada por una fría organización cuyo único objetivo fue el de transformar a un joven en un magnate de las finanzas.

La muerte de Kane (de Hearst) deja solo una incógnita: ¿qué es Rosebud?

Cabe recordar que el magnate existió en realidad y la película describe de forma más o menos libre (que ya sabemos que en el cine es todo verdad, de alguna manera) la convulsa trayectoria de su vida. Y que este personaje histórico tuvo, por ejemplo, gran influencia en la intervención militar de Estados Unidos en la Guerra de Cuba de 1898, sobretodo en la escandalera que el hundimiento del USS Maine produjo.

Su periódico sería el encargado de imprimir la difamatoria responsabilidad de España en tal hundimiento que hoy sabemos que no fue tal, sino que fue realizado por parte de las propias fuerzas americanas para entrar en esa guerra interesada que ellos llamaron y llaman la Guerra hispano estadounidense.

Kane el magnate de la política y de la prensa

Pero capítulos históricos aparte, la palabrita que pronuncia Orson Wells en el lecho de muerte rodeado de la más absoluta soledad es el motivo o causa argumental de la película aunque su significado y sentido último sigue siendo hoy objeto de discusión, pues hay quien atribuye el término al modo en que se refería Hearst a las partes íntimas de su amante (la actriz Marion Davies).

Más allá de esta vulgar derivación bastante posible en la vida real, es indudable que en la película se refleja perfectamente la amargura por la infancia perdida, el deterioro del magnate aún rodeado de unas riquezas inabarcables cuyo valor fue nulo al lado de la felicidad arrebatada desde aquel día en la nieve.

Quedará la imagen del trineo olvidado primero sobre un manto blanco con el nombre grabado de forma permanente: Rosebud, y recuperado para arder en una última hoguera con todas las pertenencias del millonario al morir. Rosebud queda como una palabra que establece una prohibición, una orden o mandato y que se puede resumir en "la infancia no se toca".

Ciudadano Kane es una revolución dentro del cine por sus planos, secuencias, travelling...


Porque en el fondo de nuestra alma albergamos como patria la felicidad primera, los momentos de los juegos y la dicha infantil que nos hace ser después seres equilibrados y de provecho. Por eso, el magnate lanza en su último aliento esa palabra como quien se explica a sí mismo o se justifica: "Me robaron lo más preciado, mi niñez. Por eso fui un ser despreciable"

Os propongo un relato sencillo que habla de recuerdos, al hilo de la importancia trascendente que Rosebud significa en Ciudadano Kane. Un relato teñido de la melancolía que siempre tienen las casa de los abuelos y que el magnate Hearst no pudo tener porque se la robaron de niño... Rosebud,


LA CASA DEL ABUELO
Los viernes por la tarde me gusta acercarme a la vieja cabaña donde vive mi abuelo. Dejo los libros de la escuela en casa y tomo el autobús que me conduce tranquilo y ruidoso hasta el cruce que dista apenas un kilómetro de la vieja choza donde mi abuelo reside desde siempre. Tantas veces que mis padres se acercan a verle, tantas veces que le proponen la idea de venir a casa a vivir con nosotros; con la misma respuesta terca de mi abuelo.
  • ¿Dejar la casa que hice con la abuela, con nuestro propio sudor y nuestras manos?, ¿dejar tantos recuerdos felices?... No, no, no... Ni hablar.
Así dejaba la propuesta siempre suspendida en el aire, hasta que una enfermedad imposible de predecir o la hermana muerte (con ese giro franciscano que le gustaba emplear a mi abuelo) lo sacasen de aquella rústica estancia con los pies por delante.
La casa, los recuerdos que aquellas paredes guardaban y mi abuelo se habían hecho uno con el paisaje. Y a mí me gustaba mucho el paseo de los viernes para encontrarme con el tiempo detenido en aquel lugar, con las colinas verdes bordadas de Melojos y Espinos Blancos que jalonan el camino hasta la casa de piedra vieja y recia. Me gusta, porque yendo por esa vereda o descansando en el hogar de la casa, te sientes uno con la tierra. Como si fueras propiedad de las estaciones que fluyen como las cuentas de un rosario a lo largo de una vida.


En Primavera, las flores blancas de los espinos flotan a lo largo del camino dejando tendidos sus efluvios escasos, y su tono blanquecino y luminoso orla el polvo suelto y arcilloso de la vereda. Los pequeños insectos que brotan de la tierra por estas fechas insuflan vida nueva y te ayudan a olvidar las pequeñeces, dando un “Gloria” a la vida a pesar de todo y de todos. La tierra vieja nunca muere, porque renace cada Primavera.
Las hileras de hormigas y las mariposas isabelinas que aparecen de cuando en cuando, al rodear el río, me devolvían en su inquietud y fulgor a cuando, no hace tanto, yo era niño... Y corría por aquellos campos en procura de las amigas aladas, o con la intención de buscar el hormiguero de insectos infinitos con su perfecta organización. Regresan entonces, como siempre, las mismas inexplicables preguntas que formulaba siendo niño a mi abuelo, “¿por qué tanta belleza?, ¿por qué tanta organización?”
Al llegar a la casa, las ondulaciones del camino cesaban y quedaban dormidas en una amplia explanada que remataba en dos cipreses, como antesala de la construcción de piedra y de madera. Cipreses que había plantado mi abuelo siendo niño a la puerta de la casa, cuando aquélla no era casa más que en el deseo infantil de un niño rubio de poderosos ojos azules y con la fuerza portentosa de un mulo joven y constante.
La puerta de tono ocre, vigilada por los árboles eternos, estaba abierta como siempre. Al fondo, entre luces del hogar tardío, se agachaba la fuerte figura de mi abuelo. Un saludo sin mirar, y su cara recia, fina y arrugada se giraba para confirmar en mi presencia su primera compañía, su más importante compañía a lo largo de toda la semana.
  • ¡Hombre!, pero si ya ha llegado mi nieto preferido. Te esperaba impaciente.
Al incorporarse podías notar la vieja juventud que aporta el campo y la soledad al hombre solo. Una juventud vieja con dolores intermitentes, pero capaz de superarse cada día porque el campo exige mucho y exige siempre. Al rostro enjuto cuando el dolor aparece y la sonrisa difusa de cuando llega a controlarlo con la voluntad; le siguieron unos brazos abiertos y, entonces, mi cuerpo se rindió al sentirse acogido por el gesto pacífico y familiar de mi abuelo.


  • Aquí estoy, abuelo. ¿Te ayudo con la leña?
  • Sí, claro. Ya estaba terminando. Recupera aquellos restos que se me han caído, yo voy a por un buen trozo de queso y algo de vino. ¿Te parece?
  • Vale, abuelo... No se lo diremos a papá.
  • ¿Qué le vamos a decir que no sepa ya? Si él y yo hacíamos igual a espaldas de Matilde. Mírala, ahí está su asiento. Como cuando ella vivía, vigilando todos mis movimientos.
  • ¿No te sientes demasiado solo, aquí, abuelo?
  • ¡¡Qué va!! ¿Solo? Pero si no hay mejor compañía que los recuerdos y la naturaleza, hijo mío. Voy a por esto. Remueve la leña...ya sabes, ¡que se haga brasa!
El crepitar lastimero y fuerte del hogar, la luz difusa y rojiza, y el olor que desprendía la leña al arder lentamente resultaba un pórtico de buenos momentos, de los mejores quizás. Le seguía la esperanza de una charla alegre con mi abuelo, sus preguntas incesantes y el sabor del queso ahumado y el vino joven que él mismo preparaba.
La cocina devolvía los torpes sonidos del cristal, el cuchillo, la madera y los huesos envejecidos del anciano campesino. El tizón hacía su efecto y el cálido aroma de las brasas me traía los recuerdos de mi abuela Matilde. Al final, las cosas de la cabeza son duras de aguantar, la memoria frágil de alguien a quien quieres es peor que la soledad, porque cuando estás solo, y dominas esa soledad, puedes traer los recuerdos agradables y desterrar los malos momentos; sin embargo, las largas enfermedades que acaban en demencia y en olvido, las más de las veces, son días enteros de gritos y penurias al contemplar que alguien - ya mayor - regresa a la niñez incontrolada del capricho, la mudez y el esfínter incontrolado.
Fueron, aquellos momentos, peores que los presentes para mi abuelo. Recuerdos, estos, interrumpidos cuando una figura extrañamente presurosa de un hombre anciano apareció de nuevo en la sala, con sus manos temblorosas y sosteniendo una madera que soporta al queso de toda la vida; al mismo queso al que huele la casa de mi abuelo.
  • Ve a coger, si puedes, el vino y las copas. Haz el favor.
  • Claro, no te preocupes, ya voy.
De regreso con el vino en las manos, me encuentro a mi abuelo dormido en su sillón, con la manta en la rodillas y en el rostro la sonrisa y el reflejo reverberante del fuego. Un trozo de queso en la comisura sobra, y se lo quito. Al lado, girada levemente en la mesilla, la fotografía de mi abuela joven con una sonrisa abierta y franca que atraviesa el tiempo y la distancia hasta llenar la escena en el hogar de la casona vieja.
El trineo con Rosebud grabado ardiendo al final

  • No sé por qué me extraño. Siempre sucede lo mismo. Cuando regreso con el vino, abuela... El abuelo se queda dormido.
Me detengo ante la foto como esperando alguna respuesta que nadie da, pero que siento en el aire sin ninguna duda. Alguien, de alguna manera, me dice que el abuelo me espera para poder descansar. Que la soledad es dura y agota, que la casa se sostiene porque el abuelo está en vela y solo cuando llego yo, él puede descansar y, por eso, duerme.
  • Quizás sea cierto lo que siento...
Recoloco todos los objetos y pruebo el vino primero y, después, el queso. Me siento al lado de mi abuelo leyendo algún libro pendiente de su librería, pero no me duermo. Permanezco despierto, en vela, por si en algún rincón de la casa de piedra vieja hubiera quedado escondido algún recuerdo.
Recuerdos de mi abuelo joven o de Matilde; de mi padre siendo niño o del chocolate de los domingos que me preparaba mi abuela. Los recuerdos lo son todo..., y todo lo que vivo con mi abuelo, son el tesoro que yo sabré trasmitir a mis hijos y mis nietos.
La soledad es dura, pero es buena cuando se atesoran, en ella, los buenos recuerdos como el sabor ahumado del queso y el seco paladar del vino de la casa de mi abuelo. No hacen falta historias, basta con el silencio, el sabor fuerte y la textura cremosa en los labios, con la sonrisa bondadosa de mi abuelo descansando con un fondo de hogar que crepita entre añiles, rojos y amarillos.
fin
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