Menú de la bitácora

viernes, 10 de febrero de 2017

Aquellos maravillosos Bad Boys

De los ochenta a los noventa

De Bird y Magic a Jordan: Isiah Thomas

Soy de aquellos que crecieron con un balón de baloncesto en las manos en busca de partidas de barrio en aquella ciudad donde residía. Mis amigos y yo nos colábamos entre los barrotes de los colegios para buscar una canasta donde lanzar unos tiros y jugar algunos partidos hasta que el cuidador o el conserje del mismo nos veía y, entonces, corríamos como alma que lleva al diablo escapando de su carrera cojitranca y de sus voces.



Mentras las tardes muertas de los fines de semana resultaban una búsqueda incesante fuimos conociendo a nuestros heroes que venían, a veces de las canchas españolas, a veces de más allá del charco como héroes de un Olimpo inalcanzable de privilegiados. Crecí viendo los duelos entre Bird y Magic, entre la última esperanza blanca del baloncesto de aquellos Celtics de Boston y la Magia que procedía del sol californiano de las manos angelicales de un tal Earvin Magic Johnson. Aquellos eran los dos reyes que se alternaban en el trono y se retaban con gesto arrogante como hacen los boxeadores. Entonces, era mas fan de los Lakers, aunque el rostro impenetrable de Parish, los brazos de McHale y los tiros del francotirador pájaro céltico me abrumaban, como a todos.



Sin embargo, hacia finales de los ochenta, un equipo de estibadores duros y acerados los iban a despojar del trono democratizando la NBA, eliminando la dualidad aristocrática del Mago y el pájaro, para devolverlo a los barrios. A las esquinas donde crecían las canastas y donde los chicos corrían con un balón en la mano buscando entre las mallas fronterizas un aro decente donde emular a los héroes del olimpo trasatlántico. Aquel equipo arrogante, corajudo y malhumorado recibiría el nombre de los Bad Boys y vinieron para romper el guión escrito de un cuento de hadas y devolver a las calles a un deporte aristocrático y elegante, pero también de puerto y arrabal como era el baloncesto.



Isiah Thomas, aquel jugador de rostro angelical que todas las madres quisieran como yerno, que todos las personas querrían como vecino, iba a capitanear la nave pirata de los Detroit Pistons para arrebatar el tesoro que Magic y Bird se arrogaban como derecho divino. Thomas, el niño bueno, iba a hacer de los Bad Boys un santo y seña para los yonkis de los aros decentes y las canastas - sí, esas que ahora están gratis en cada esquina -. Su barco, el de los Bad Boys, contaría con los chicos más malos del baloncesto mundial: Mahorn, Laimbeer, Dumas (otro yerno de ensueño, diría mi madre), Rodman - the worst boy -, Salley, Aguirre, Dantley... y Chuck Daily. ¡Que grande fue aquello!



No os engaño, yo era de los Lakers, pero viendo por el espejo retrovisor aquellos años no puedo más que sacarme "el cráneo" ante su gesta; con ellos se acabaron muchas cosas y empezaron otras, con ellos se transformó el baloncesto y ganaron sus títulos - como dicen los cursis que se toma el cielo - al asalto, sabiendo que no había derecho alguno para ellos, sabiendo que eran los chicos de los barrios humildes de las ciudades plagadas de fábricas, despidos y desempleo, sabiendo que su valor era el de ser de acero para dar lo que fuera necesario y para no moverse cuando fuera preciso tras el golpe recibido.

La famosa Regla de Jordan

Como chicos malos decidieron romper el guión en la cara de quién fuera y robaron de la historía dos títulos a los mejores de siempre y que nunca se repetirían, a aquellos cuyo don era divino y eran respetados hasta por el viento como duelistas a siete balas entre el Este y el Oeste. Daban mucha leña, es verdad, pero tambien jugaban a baloncesto como pocos; y resistían como nadie. Gloriosos veintitantos puntos de Thomas en un cuarto a los Lakers con una pelota en el tobillo (vamos, lesionado lo hizo) y que solo el ábritro hizo ganar a los Lakers - su último título, porque en el séptimo no pudo jugar Thomas -.

Como chicos malos ganaron dos títulos del mundo (así se llamaba entonces la NBA) y fue tal la sorpresa que creo que su nombre no estaba escrito en ningún sitio, ni en el trofeo ni en las estrellas. Pusieron fin a la hegemonía y al mandato de Bird y Magic retirándoles prácticamente del baloncesto como posibles ganadores y consiguieron la épica, entonces solo repetida por los Lakers, de ganar dos títulos consecutivos.


Y, al final, ¿qué fue de ellos? Pues fue que se enfrentaron a los Chicago Bulls de un Jordan que, por entonces, era el mejor sin equipo, el jugador franquicia que a todos deslumbraba pero que jamás lograría un titulo (así se escribía entonces su historia). Otro gran jugador para vender camisetas. Hasta que se enfrentó a los Bad Boys y perdió con ellos de forma tan humillante y besando tantas veces el suelo, que ese año se dedicó a hacer pesas hasta los días de fiestas de guardar, reapareciendo para enfrentarse a los Pistons y borrar de un plumazo el sueño de que la NBA fuera gobernada por los piratas, por los estibadores de los puertos, por los chicos de barrio que -siendo siempre malos chicos . corrían con una pelota bajo las manos para buscar un aro decente donde tirar unos tiros y jugar un tres para tres en aquellos colegios cerrados y devotos de Frascuelo y de María, de cerrado y sacristía que veían cómo los chicos malos de entonces jugábamos sin permiso al baloncesto en sus pistas vacías. Como esas que hay hoy en cada esquina, pero sin vallas ni chicos malos que tiren unos tiros en ellos -.



Se fueron como llegaron, antes de terminar el partido contra los Bulls de Chicago que empezarían su leyenda, una derrota que les dejaba fuera de las finales; y se fueron como eran, sin saludar a un contricante que jamás les respetó porque entraron de hurtadillas en una pista que no era suya para democratizar este deporte y devolvérselo a la gente de los barrios. Los Bad Boys se fueron arrogantes cual piratas de pata de palo y parche en el ojo, con la mirada baja, displicentes,  y sin saludar al nuevo líder que marcaría una era dorada, una leyenda del más puro y aristocrático baloncesto. Tras la aristocracia de Bird y Magic, la aristocracia de Jordan, porque esa mirada era la de Michael Jordan, que contaría seis anillos desde entonces porque él sí era parte del guión. Lo de Thomas y su banda fue un paréntesis en que los hombres se hacen hombres y dueños del cielo que no les corresponde.

Digan lo que digan, Thomas y los suyos forjaron a Jordan

Lo que nadie sabrá y todos murmuran en las esquinas de este deporte es que si Michael Jordan fue mas grande que Magic o Bird, más grande que Isiah Thomas, fue porque se curtió en el infierno de la Regla de Jordan, esa maraña de Chuck e Isiah que le tejieron para que besara más veces el suelo de lo que él jamás habia besado. Allí es donde ese don que él tenía maduró y se hizo eterno, allí entre palos, estopa y arrabal fue donde aprendió a ser duro de más, duro más que los demás para ser el mejor en el Olimpo de las leyendas que nunca mueren.

Los Bad Boys dieron fin a la leyenda para transformala en otra leyenda. Sin Thomas y los suyos, Jordan jamás hubiera sido lo que luego llegó a ser.



Hoy, es raro ver a ningún grupo de niños saltando las alambradas de los colegios en busca de una canasta porque hoy los niños juegan en pabellones con luces encendidas y ducha al final, tiene sus zapatillas impecables y escuchan el bote del balón sobre un parqué de madera de roble mientras las zapatillas chillan. Entonces, la goma del balón botaba en los charcos y las zapatillas de lona tenian agujeros que se encharcaban cuando el guardador del colegio te hacía correr tras su carrera cojitranca. Me da en la nariz que nuestros hijos se han perdido algo de lo bueno que tenía aquel baloncesto, algo que siempre que los veo en la televisión, lo recuerdo: hubo un tiempo en que el baloncesto era el rey de los barrios, aquel tiempo en que unos piratas de Detroit, unos Chicos Malos de la calle nos entregaron la corona del mundo a los chicos de los barrios que buscábamos canastas en colegios vacíos.


 Ah, y mira que daban estopa... Y qué bien bailaban cuando les tocaba bailar con la más fea.

Saludos a los visitantes de la bitácora, no olvidéis pasar por Amazon y Createspace en busca de mis novelas, la tercera se acerca.

lunes, 23 de enero de 2017

Justo y bueno

Rubén Darío y Unamuno

Rivalidad poética

Conocida es la rivalidad mantenida entre Miguel de Unamuno y Rubén Darío, conocida es también la ordenada vida del autor de San Manuel Bueno Mártir y la desordenada vida de Rubén, hombre dado a los excesos. Es conocida la visión que atribuyen a Valle Inclán sobre las perspectiva de que Unamuno no tenía los pecados veniales de la carne sino los mortales del alma, mientras que Rubén caía en los pecados de la carne mas carecía de las maldades que se atribuyen a las almas pequeñas.



Dos personajes tan dispares solo pueden dar fruto dispar, sin embargo existe en su rivalidad destellos de una piscología extraordinaria, el conocimiento profundo de sus repectivas psiques, de sus recíprocas almas. Así, cuando Unamuno hizo público en el ambiente más elevado de las letras castellanas la visión que de Rubén tenía, con la expresión de que "se le veian todavía las plumas de indio bajo el sombrero", sumió en el desconsuelo al bueno de Rubén pues pocas cosas se me ocurren más desdeñosas que mencionar "el pelo de la dehesa que nunca se despega" a quien aspiraba a ser un Verlaine de las letras españolas.

A ese afeamiento de la práctica poética (y no poética) de Darío, donde señalaba simultáneamente lo pretencioso de su afán a la vez que le recordaba gravemente lo bárbaro de su origen, respondió con la solvencia que le caracterizaba al bueno de Don Rubén haciéndole ver al bueno de Don Miguel que "era con una pluma que se sacaba debajo de su sombrero con la que escribía sus versos" y continuaba recordándole a quien respetaba como poeta que "había que ser justos y buenos".



Obviamente, Darío al recordarle esa obligación cristiana calaba en la hondura espiritual de Unamuno, el cual sabía que de nada sirve escribir como los ángeles si no se aspiraba a hacer de la justicia y la bondad una premisa mayor para cualquier humanista que se precie de serlo. Reclamaba así que le tuviera por lo que quisiera, pero que no hiciera de menos a sus versos pues era conocido de todos la belleza que se desparramaba de esa pluma de indio que anidaba todavía bajo su sombrero.

Quizás Unamuno despreciase el mundano modo de comportarse o reclamaba una poética desnuda de artificios y con profundidad espiritual como la propia, o quizá había en sus palabras una callada envidia por el modo en que las letras de Darío dibujaban formas y revoloteaban alegres y divertidas, tan alejadas de ese modo adusto en las formas con que escribía Don Miguel de Unamuno.

Sea como fuere, escribió Unamuno una carta postrera ante el fallecimiento de Rubén Dario donde reconocía no haber sido ni justo ni bueno con él en vida, y prometía enmendarse en tal afán tras su fallecimiento, cosa que hizo. Lo cierto es que siendo dos grandes exponentes de la literatura castellana, Rubén había visto en la poesía de Unamuno mejores cualidades de las que Unamuno había percibido en Darío.

Unamuno puso en su poemario "Teresa, rimas de un poeta desconocido" como prólogo, la extraordinaria valoración que había hecho de su poesía Rubén Dario, dentro de ese poemarío podemos hacer mención del poema Teresa con el juego de paradojas con la que hace mención a la santa de Ávila:


Si tú y yo, Teresa mía, nunca
nos hubiéramos visto,
nos hubiéramos muerto sin saberlo:
no habríamos vivido.

Tu sabes que morirse, vida mía,
pero tienes sentido
de que vives en mí, y viva aguardas
que a ti torne yo vivo.

Por el amor supimos de la muerte;
por el amor supimos
que se muere; sabemos que se vive
cuando llega el morirnos.

Vivir es solamente, vida mía,
saber que se ha vivido,
es morirse a sabiendas dando gracias
a Dios de haber nacido.

Poemas espirituales y profundos que riñen con la exhuberancia y hermosura de los versos de Darío como riñe la espiritualidad castellana, abigarrada y seca, con un vergel nicaragüense; la gravedad profunda del alma con la estética sensual del final de siglo XIX parisino. Pongamos como ejemplo su Sonatina:



La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
(La princesa está pálida. La princesa está triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

Muchas rivalidades se han escrito en español, esta es una bella forma de expresar en verso la gravedad con que este idioma puede expresarse y lo díscolo que se vuelve el mismo idioma en otras manos porque - sean las musas o un Creador - a uno le dieron (le dió) el Don del cincel que esculpe la piedra de granito y a otro el arte de dibujar música con las palabras.

La estética les divide y el reconocimeinto mutuo, al final, les hace iguales. Dos grandes de nuestras letras que, a fuerza de hacerse pequeños como todos nos haremos, fueron justos y buenos entre ellos y con nosotros al dejarnos estos versos.



jueves, 5 de enero de 2017

Sereno

Segundo Premio Relato Breve

 Fundación Somos de Miami

El año pasado, la Fundación Somos tuvo a bien otorgar a uno de mis relatos el segundo premio en Cuento o Relato Breve con la temática de Los Abuelos. Este relato, un poco hecho por encargo, pero con gran cariño hacia las entrañables figuras de los abuelos trata de ese momento en que los nietos simplemente pueden acompañar el silencio de unas personas que vivieron, quizás intensamente, y queda en el fondo de su mirada el fulgor de un tiempo ya pasado.

Sin más dilación, ahí queda el relato.

AL FONDO DE LA SALA
Atardecer del blog "A flor de piel" de José García - foto inmejorable para servir de pie a esta breve historia - Ruta: link
El abuelo estaba - como cada mañana - al fondo de la sala, al lado de la chimenea donde el ventanal daba más luz, cubierto por una manta de cuadros, encorvado y con una boina calada. A su lado, un bastón de madera noble y con la cara de un león de marfil en la parte más alta, descansaba. Un león que acariciba con fuerza, él, toda la mañana.
El crepitar triste de la chimenea iluminaba su cara de hielo que se volvía azulada en invierno; poco a poco - según entraba la mañana - nos íbamos acercando sus nietos para hacerle compañía por turnos y en silencio.
Primero era yo quien me sentaba a su lado mientras le frotaba las piernas con esa manta de cuadros para que no sintiera ese helador frío de la mañana. Entonces su cabeza se alzaba mostrando sus ojos, tan claros eran como el día que en el ventanal se reflejaba; sin embargo su mirada era triste y soñolienta. Una mirada clara, pero una mirada apagada que sólo mostraba el brillo de los años olvidados.
En ocasiones - en muy pocas ocasiones - esa mirada se encendía con mi sonrisa y entonces hablaba. Me contaba la historia de cuando surcó los mares en un barco velero que se llamaba Sereno; un barco ligero con velas blancas y claras que flotaban al viento y empujaban los mares, un barco que se deslizaba de oriente a occidente dejándose arrullar por los rayos, las tormentas, loa ciclones y los truenos.
Tras diez minutos felices en que sus brazos volaban mientras su boca entonaba canciones y poemas de barcos, de libertad, de vientos y de juventud; su voz se callaba; sus brazos caían vencidos por un peso invisible que los inmovilizaba, su mirada incendiada se apagaba como si una tonelada de agua sobre la mirada ardiente de mi abuelo cayera mojando las interiores llamas.
Entonces llegaban las horas de plomo, las horas oscuras del alma; esas horas en que recordabas su locuacidad cantora, su espíritu indomable y feliz que le condujo a surcar todos los vientos y a beber todos los mares. Horas calladas que se cortaban como un filo de navaja que segaba el alma.
Los nietos nos íbamos turnando para no dejarle solo por la mañana; pero esas mañanas, yo me quedaba a solas con él todas las horas para esperar un nuevo momento de luz, un nuevo recuerdo de su juventud de oro, o de su madurez de plata... Y las horas pasaban y no sucedía nada, entonces me marchaba no sin antes cerrar sus pestañas, pues parecía que estaba dormido a pesar de que sus ojos miraban a la luz de la mañana.
Un día muy de mañana, me acerqué a la casa de la Tía Lalita, allí donde mi abuelo vivía sus últimos días. Me acerqué a la sala para ver si estaba el abuelo como cada mañana. Miré al rincón, sin decir a nadie nada; allí, al lado de la chimenea que crepitaba con lástima; allí, donde la luz entraba furtiva e inquieta; allí, donde un bastón de madera noble y cabeza de león descansaba sobre el suelo; allí, en aquel rincón ya no había nadie. No estaba la silla de ruedas, ni la manta de cuadros, no estaba calada la boina sobre el abuelo como cada mañana... Allí quedaba tan solo un hueco, un agujero que horadaba el alma.
Giré la cabeza y vi a mi Tía Lala, la mujer de eterna sonrisa que siempre vivía en la cocina entre fogones que cocinaban muy de mañana la comida de una tropa de hambrientos.Me miró con los ojos tristes y la mirada callada. Así, a lo lejos, me dijo una sola y breve frase: “ha terminado el viaje”.
Supe entonces que aquel barco que fue de mi abuelo, aquel barco que olía a libertad y a vida, aquel barco cuyas velas rasgaron todos los cielos y abrieron estelas en la mar imborrables - a pesar de que en el mar todo se borra -, había llegado al destino de todos los barcos que quieran llamarse Sereno; un destino de paz y horizontes, un lugar de estrellas reverberantes en lo alto guiando el camino, una estancia donde los marineros se cuentan historias de mares remotos, de tierras extrañas, de guapas mujeres esperando en puertos misteriosos.
Allí estará mi abuelo contando sus historias al lado de una chimenea de radiantes llamas donde el crepitar feliz del fuego se funda con la luz de la mañana, donde la cabeza mira al frente siempre y la mirada sea clara y diáfana, donde los leones que son cabeza de bastones de noble madera rujan siempre con la boina calada y en sillas de madera. Allí estará mi abuelo contando historias de barcos cuyo nombre siempre será el mismo y se llamará, también allí como aquí,... Sereno. Porque hay cosas que no cambia la muerte ni la nada, hay cosas que permanecen igual siempre: el carácter de un hombre cincelado por los vientos de la mar.
Queda al fondo de la sala, una silla de ruedas vacías... Allí ya no está mi abuelo, pues surca los ignotos e infinitos mares de una travesía eterna a bordo de un barco de nombre eterno, de nombre... Sereno.

FIN

Aunque soy más de relatos negros, policiales y algo de terror; de vez en cuando no viene mal pararse a recordar las viejas glorias que llegremos a ser, los antiguos momentos que olvidaremos... porque al final ¿qué seremos al final sino un puñado de recuerdos llamados a desaparecer?