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viernes, 4 de septiembre de 2015

La Micronovela Parte 1

Otra de investigadores y crímenes

El periodista husmeador

En esto de escribir llevo muchos años, pero pocos desde que me lo tomo en serio. Y por "en serio" entiendo hacer de lo que escribo el eje central de mi vida, mi modo de expresión principal. Bueno, pues desde que me lo tomo en serio he ido descubriendo la cantidad de formas distintas de expresión escrita actualmente.

In her eyes by Adam Clague

En muy pocas décadas, las fronteras - en casi todos los sentidos - parecen desaparecer o están poco definidas y podemos encontrar desde poesía en prosa hasta prosa poética; relatos, cuentos con una dimensión propia de una novela y que no llega a ser, en absoluto, una verdadera novela.

Así, he encontrado un subgénero, digamos menor, del que todavía no sé bien cuál es el elemento definitorio. Se llama la Micronovela. Estoy seguro que habrá quién sí lo tenga claro, pues doctores tiene la iglesia, pero en mi humilde opinión lo que sucede es, simplemente, que las fronteras son hoy más permeables que ayer.

Podría decir que lo que os presento es una micronovela básicamente por lo que no es o no llega ser. No es un cuento porque su tamaño excede al del cuento o el relato, porque su división en capítulos y su expresión narrativa contiene todos los elementos de una novela; y no es una novela, siquiera breve, porque no tiene su dimensión. De acuerdo, pues nos movemos sobre la frontera entre el Relato, el Cuento y Novela. Algo es algo.

En esta novela el personaje central, el narrador, es un periodista. El clásico husmeador que descubre la trama y la resuelve (supongo) al estilo propio de muchas otras novelas negras o películas de este género. Pongamos que hablo como ejemplo de "L.A. Confidential", la extraordinaria película de Curtis Lee Hanson interpretada por Russell Crowe, Kevin Spacey, Danni DeVito y Kim Bassimger, entre otros.



Ya sabes la película en que se dice eso de "El lugar donde todo el mundo es sospechoso, todo el mundo está en venta y nada es lo que parece"



Comencemos (desconozco si habrá más partes, todo se andará) con esta Micronovela donde un periodista husmea en la vida de un pintor que parece enloquecer (y ya anticipo demasiado) tras la aparición de un misterioso libro (y no paro de anticipar) de un autor desaparecido.



EL PINTOR
CAPÍTULO 1. LA CARTA
Habíamos quedado en el café muy temprano cuando los coches apurados se rendían a la impaciencia del ritmo frenético de la ciudad y a las exigencias de la hora punta. Salí del metro de Plaza de Castilla despojándome de los olores que se impregnaban entre los túneles de esta otra ciudad interior, hacía frío y las nubes altas se agrupaban en masas de algodón que techaban la mañana. La prisa de la gente contrastaba con mi tranquilidad.

Encendí la pipa respirando previamente del fuerte olor a invierno que desprendía la plaza, la pequeña nevada de los días anteriores se despegaba del asfalto en forma de manchas, agua y barro; pero no caería más – al menos en el día de hoy – la blanca nieve pues el día se presentaba como agotado de precipitaciones pasadas y pedía pasar taciturno y tranquilo en el anonimato de un frío día de invierno, seco, abigarrado y cubierto.

Mis pasos cadenciosos resultaban molestos a los demás pues iban desacompasados con respecto a la tiranía de los suyos, los cuales circulaban rodeándome como obstáculo matinal que se movía de forma inquietantemente tranquila. Al pasar, me miraban como preguntándose “¿qué hace este hombre?, ¿no ve que las prisas son una dictadura a la que hay que someterse? ¿Acaso alguien puede vivir tan de espaldas a la realidad?”

Sus gestos y aspavientos parecían ser las órdenes que esa tirana daba a sus súbditos, pues viéndoles resultaba imposible no acomodar el ritmo. Hasta que, al segundo paso, me detendría a preguntarme... “¿Por qué corro?, ¿tengo prisa, acaso?” Y así, regresaba a mi honda calada, al resuello cansado de mi pecho embriagado de contaminación y podredumbre y al ritmo tranquilo y arrítmico de mi caminar. “La ciudad es la selva del hombre actual”... y a mis filosofías “lowcost” de quien observa sin entrometerse demasiado en el desastre general.


Al cruzar la calle, pude ver desde lejos la figura eminente de Kevin, su delgadez extrema y su caminar tranquilo como el mío. Un artista, al fin y al cabo, no hace de las prisas más que otro motivo para describir la realidad, pero no puede hacerla suya pues dejaría de ser artista. Su cabeza apuntaba a la vejez en la clásica corona de fraile que empezaba a despoblar su cabeza. Un fraile poco religioso - o mucho, según se mire - pues en sus cuadros dibujaba almas más que personas.

Su arte ecléctico no se podía calificar de actual ni de tradicional, su tenso cromatismo era el fiel reflejo de sus conflictos interiores y de su paradójica paz exterior. Ese cromatismo hizo de sus obras la mejor inversión para los adinerados y el sutil reclamo para aquellos que disfrutábamos del arte. Muchos, considerábamos que el conjunto de su obra había devuelto la esperanza a la pintura agotada de efectismo y vaciedad, pues la había actualizado devolviendo la mirada de los clásicos y reponiendo esa visión de eternidad que impregnaba a sus cuadros.

Como con las pinturas de Murillo o de Velázquez, sabíamos que sus cuadros perdurarían; como Picasso, sabíamos que iba a ser un exponente de su tiempo, un mundo actual que aspira a escapar de sí mismo para elevarse nuevamente en busca de una nueva verdad; si es que la verdad acepta novedades.

Abrazando al alma
Recuerdo que, en uno de mis primeros artículos cuando todavía no lo había conocido en persona, llegué a describirlo como el San Juan de la Cruz de la pintura; pues sus hermosas aspiraciones se recreaban de almas ansiosas de una caza alta, de la búsqueda interior de algo bello y perfecto. Una aspiración que excedía de la persona y volaba por encima de nuestras propias cabezas para encontrar lo mejor de nosotros mismos. Un arte puro, inmaculado... pero actual y moderno a pesar de todo.

Él decía que, en sus cuadros, no buscaba exactamente a Dios sino al hombre solo. Que el concepto de dios en ocasiones resultaba un foco demasiado luminoso que alteraba en esencia al objeto de su arte. Que, al final, Dios resultaba como un fetiche que empleábamos para encontrar lo mejor de nosotros mismos, y él quería desprenderse de esa especie de “cajón de sastre” en el que almacenábamos todo lo que no comprendíamos para darle algún sentido; así, encontrar al hombre en su estado más puro para representar lo bueno y bello que habita en su interior dentro de un estado natural sin interferencia ajena alguna; ya fuera cierta la interferencia, ya fuera inventada.
  • ¿Y si en esa búsqueda, al final, encuentras a Dios?
  • Ah, entonces, habré logrado lo que nadie hasta la fecha. Encontrar un Dios innecesario.
  • ¿Un Dios innecesario?
  • Es que... quiero buscar al hombre desprendiéndole de ese Creador que me impide conocer de lo que somos capaces sin Él.
  • ¿Y?
  • No lo he conseguido todavía.
  • ¿Por qué crees que no lo has conseguido?
  • Fundamentalmente porque no soy suficientemente bueno o...
  • ¿O?
  • O resulta una categoría necesaria. Algo sin lo que el hombre no se puede explicar a sí mismo. Pero, para ser honesto con lo que pretendo, debo descartar ese extremo.
Aquella conversación me abrió los ojos sobre lo que un verdadero artista procura en cada obra y las consecuencias de su búsqueda. La honestidad del autor era su propia contradicción pues, aunque quisiera olvidar las almas, sólo lograba pintar almas. Y ese era su conflicto más íntimo, pero se afanaba en su empeño y seguía en él.



Buscaba de forma casi obsesiva entre los hombres y las mujeres la belleza interior del ser humano, más allá de cualquier otra consideración; preguntándose qué hay de maravilloso en esta criatura que a pesar de sus egoísmos y atrocidades merece la pena seguir indagando en sus razones últimas.

Apresuré el paso y lo alcancé antes de entrar en el café.
  • ¡Kevin!, buenos días. ¿Cómo se encuentra?
  • Bien, definitivamente bien. A pesar de la operación de rodilla sigo en la pelea, amigo. Pasa, tomemos un café.
Alfredo Buenaventura es una calle que vive a espaldas del bullicio próximo de la Castellana, allí regresas a la vida de un barrio de Madrid entre la Estación de Chamartín y la Plaza de Castilla. Los “chinos”, las peluquerías y la parroquia de tintes modernos pero recogida, aportan el aire residencial de los barrios y el tráfico discurre tranquilo hasta cierto punto, como un eslabón perdido entre dos nudos gordianos del jaleo, el bullicio y la prisa. Lugares por donde transita la vida que se queda a vivir en medio de esas prisas, en calles como esta.
  • Me encanta salir a “esta hora cuando la mañana se aleja de la oscuridad y el ritmo trepidante de la hora puntera del alba se mezcla con la noche y el frío. Las lámparas, todavía encendidas, asoman a otro día perdido del invierno.”
  • ¡Caramba!, estás inspirado amigo Kevin.
  • Más que inspiración es memoria. Estoy recitando el comienzo de “El umbral de la ciudad”.
  • Anda, ¿es una novela? No me suena...
  • Sí, de un verdadero escritor que nunca publicó nada más que algún libro de cuentos. Parece que fue hostigado hasta que, preso de la desesperación, se suicidó justamente hoy hace un siglo. Tengo todos sus manuscritos, un día te los muestro y verás que era un gran novelista. Para mí el mejor del modernismo en lengua castellana.
  • ¡Qué interesante!, ¿tienes los derechos para la publicación de sus novelas? - Mi torpe pregunta salió de improviso y temí haber ofendido al artista con esa cuestión tan interesada.
  • Que yo sepa, nadie los tiene. Pero me parecería muy triste que alguien publicara ahora, para ganar dinero, lo que él no pudo publicar en vida. Nunca me gustó pensar en eso de que los artistas podemos valer más muertos que vivos.




Continuará (...)

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