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martes, 24 de noviembre de 2015

La habitación misteriosa

Hotel California

De los Eagles a un relato de misterio

Pocas canciones han tenido tanto reconocimiento como la que publicaron el 22 de febrero de 1977 los Eagles con el nombre de "Hotel California" y pocos, muy pocos entendemos lo que cantamos en esa canción. Y no es por problemas la traducción precisamente.

The Eagles 77
The Eagles en 1977

Y es que la historia que allí se cuenta es extraña, tanto que sus creadores Don Felder, Glenn Frey y Don Haley como integrantes del grupo Californiano Eagles han tenido que aclarar mil veces su contenido afirmando, entre otras muchas cosas, que no es satánica, que no se refiere a ningún hotel existente con ese nombre; que se trata exclusivamente de la descripción de la madurez, de la descripción de la alta sociedad californiana y del daño que producen las drogas. Así, tantas otras cosas que han explicado sobre ella.

Sin embargo, la letra es - sin duda - extraña. No obstante la canción es excelente y el "solo" de guitarra de Don Felder (con su extravagante doble guitarra) de los mejores de la historia. Así y todo,lo que no cabe duda es que en el Hotel California suceden cosas extraordinarias pues de allí siempre puedes darte de baja, pero nunca´te irás. Tal y como dice la canción.

Al respecto de ponerlo al  revés para averiguar si tiene o no mensajes esotéricos ya advierte su autor que no lo hagáis porque se rayará. Y además te acabará por rallar, escuchar una canción tan buena del revés.

El relato que os propongo es también un relato enormemente sugerente y relacionado con el misterio de una habitación de hotel que atrapa y subyuga a nuestro protagonista hasta el punto de regresar siempre a esa misma misteriosa habitación de hotel en busca de algo... Quizás sea aquel, el Hotel California, ¿quién sabe?


LA HABITACIÓN MISTERIOSA

Algunos ansían olvidar los hoteles en los que se alojan al modo de Quijotes que quisieran desconocer de dónde proceden por vergüenza de lo que allí sucedió. Pero no es culpable el lugar de las desventuras que acaecen en ellos. Aquel hotel lo recuerdo con detalle, no quisiera decir el lugar o el nombre al lector, ya comprenderá las razones que me impulsan a guardar silencio.

Llegué cierta noche del mes de julio, las cigarras se agitaban en el pequeño jardín que ennoblece la puerta del hotel. El recepcionista, alto y con destacado bigote bajo unas nerviosas narices me recibió con un saludo amable invitándome a registrarme en la habitación 404.

El botones me acompañó hasta al ascensor y allí le despedí dejando caer unas monedas en su mano, declinando con ese gesto su compañía. Me aproximé por el pasillo de agradables tonos crema cubierto con alfombra roja y rodeado de puertas idénticas, salvo por el número creciente y decreciente de las mismas; según el lado del pasillo donde miraras.

Al llegar a la puerta 404, me sorprendió ver a una chica del personal trabajando en la habitación contigua a la mía.

  • Buenas noches, señor... Que tenga usted feliz estancia. – La chica hablaba un español sin acento alguno que la identificara. Su piel morena y su pelo negro oscuro y brillante, unido a una amabilidad metálica, me invitaron a pensar que su presencia estaba fuera de lugar. Nunca había visto, en mis múltiples residencias hoteleras, tanta diligencia a la hora de limpiar una habitación. Pasaban ya las 12 de la noche.
Joe Walsh y Don Felder
Joe Walsh y Don Felder
Introduje la tarjeta electrónica por la ranura y el “click” me abrió la puerta blanca a una elegante habitación. Me gustan las habitaciones de hotel pues su orden y limpieza me hace sentir como en casa y su organización me aportaba el aplomo necesario para afrontar los asuntos que tuviera que tratar en cada caso. El orden y la pulcritud es cosa de destacar cuando has de viajar por el mundo entero alojándote en un hotel u otro.

Entré en la terraza y observé el jardín de verano del hotel. Pequeños grupos charlaban a la luz de unas velas mientras degustaban su cena rodeados del frescor de la piscina y bajo el manto diamantino que cubre las noches de verano. En lo alto reverberaban las estrellas con luminosidad extraordinaria y me detuve a contemplar el Triángulo del Verano un breve momento.

Me sentí incapaz de distinguir las estrellas que lo configuran y me introduje en la habitación a degustar una cerveza bien fría del pequeño refrigerador de mi habitación. Era y sigo siendo, uno de esos entusiastas que vacían cada dos días este refrigerador; hay en ello, un “nosequé” de sentirse cuidado que no tiene precio, aunque luego te lo cobren de forma onerosa.
Contraportada de Hotel California
Contraportada de Hotel California
Un extraño golpe seco en la habitación de al lado me hizo correr hacia ella; al otro lado alguien había dado con sus huesos en el suelo cayendo de bruces en el esponjoso manto de oro que cubría la habitación. Golpeé la puerta de la habitación 406 repetidas veces pero nadie respondió. Miré a un lado y al otro del pasillo por si alguien había visto algo. Nadie apareció.

Corrí de nuevo, ahora en dirección contraria, al teléfono de mi habitación para avisar al servicio de lo ocurrido; al otro lado, una voz firme y segura de sí contestaba de forma sorprendida.
  • Me resulta extraño, señor. Esa habitación se encuentra vacía y no esperamos a nadie allí.
  • En cualquier caso, algo ha pasado... ¿Podría usted venir para revisar la habitación?
  • Desde luego, señor. Si con ello usted se queda tranquilo... Enseguida envío a alguien para que la revise.

Al poco tiempo, se acercó el botones con la llave en la mano y se introdujo en la habitación. Estaba vacía - extrañamente vacía - pues en ella no había siquiera mobiliario.
  • ¿Qué sucede aquí? Si acabo de escuchar un golpe estruendoso..., y a alguien de la limpieza sacando sábanas y toallas de esta habitación nada mñas llegar. Esto no es posible.
  • No lo sé, caballero... Esta habitación lleva cerrada todo el año porque han tenido que hacer obras para reparar una pequeña humedad. Por eso nos ha extrañado a todos su historia.
  • No, no... ¡déjese de monsergas! Acabo de ver salir de esta habitación a una chica joven, de mediana estatura, morena, de pelo negro..., guapa. Una mujer muy guapa...
  • Señor..., ¿se está usted refiriendo a Edy...?
  • Sí... Eso ponía en la placa de su pecho.... ¡Edy, eso es!. - Mi voz sonaba visiblemente nerviosa y el rostro del botones, de nombre Timoteo, palideció de forma repentina.
  • Señor..., Edy... murió hace un mes... Víctima de un accidente.
  • ¿Está usted tomándome el pelo? - Su rostro le daba credibilidad y su voz sonaba temblorosa, atemorizada. - No será ella, será otra Edy...
  • Imposible señor, la descripción coincide. Y no hay ni ha habido, hasta donde yo sé, otra Edy en el hotel. - La mirada nerviosa y el palidecer de su rostro me inquietó sinceramente.

De pronto, el espejo de la habitación colgado a la espalda del botones, reflejó el rostro de Edy con una sonrisa tétrica y una mirada enrojecida de furia. Me miró fijamente y abrió la boca suavemente diciendo: “Gracias”.

Al escuchar la voz, Timoteo se giró hacia el espejo... La puerta se cerró de golpe... Edy gritó: “¡¡¡Asesino!!!”, y pareció abalanzarse sobre el cuerpo de Timoteo que cayó de bruces sobre el almohadillado suelo de la habitación, haciendo el mismo ruido que yo había oído al otro lado de la pared.

Timoteo descansaba plácidamente sobre la alfombra de la habitación 406 del hotel cuyo nombre no recuerdo; un lugar donde cantan las cigarras y la gente cena plácidamente las noches de estío bajo el manto diamantino del Triángulo de Verano.

Yo había sido causa de que Edy consumara su venganza.
Portada de Hotel California
Portada de Hotel California, Eagles
Edy se fue y yo descansé plácidamente en la habitación 404 tras dar cumplida cuenta del asunto a los servicios médicos. Tuve que quedarme más tiempo del previsto para que la policía diera carpetazo al asunto y, cada noche, soñaba con que Edy dibujaba una sonrisa agradecida por habeler puesto en suerte su venganza. Un sueño que se hizo realidad a la tercera noche de lo sucedido.

Ella apareció en el espejo de mi habitación y me dio conversación hasta que de los labios rojos dibujados en su preciosa tez morena brotó una canción pegadiza, un bolero de agradecimiento que me hizo quedar dormido.

La policía señalaría como natural la causa de la muerte de Timoteo y yo silencié lo que había visto, pues no está bien descubrir los misterios de una dama y, al final, una explicación tan temeraria... ¿quién la iba a creer?

De vez en cuando, regreso al hotel del que no recuerdo su nombre (bueno, en verdad sí lo recuerdo pero me lo callo para no dejar en evidencia a una dama) y pido alojarme en la misma habitación 404 de siempre. Me basta recordar aquel incidente para que los encargados del hotel me colmen de regalos y atenciones.

Al llegar la noche espero ver de nuevo la sonrisa de Edy al salir de la habitación 406 entre cantos de cigarra, o su mirada encantadora en el espejo. Pocas son las ocasiones en que ella me regala su presencia, ya sea saliendo de la habitación o en el espejo de la mía, mostrando una mirada sugerente en el espejo.

Entonces duermo arrullado por una canción que canta en tono agradecido. Luego se despide con un: “Gracias, caballero” y desaparece de mis sueños. No soy capaz de reconocer a nadie que he caído enamorado perdidamente de un alma que vaga entre las sombras de una misteriosa habitación de hotel cerrada para siempre a causa de unas extrañas humedades que no se borran, ¿para qué contarlo?, ¿quién lo creería?

FIN

Dentro del Pozo es una novela donde suceden cosas extraña pues se desarrolla dentro del mundo de los sueños, y está en venta en CreateSpace Amazon.




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