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martes, 14 de julio de 2015

Dentro del Pozo

Reseña de la novela

Una mujer se despierta de una mala pesadilla. Malherida y sin memoria tratará de recomponer las piezas de un puzle hasta conseguir desentrañar las razones por las que se encuentra sola en lo más profundo de un pozo oscuro y húmedo. 
Allí empezará a recordar quién es, paso a paso, habrá de encontrarse consigo misma y reconocerse como una deportista de élite, una nadadora profesional en aguas abiertas que ha trabajado desde la adolescencia para lograr su gran sueño: conseguir la medalla de oro en los Juegos Olímpicos. 
A lo largo de la historia se entrecruzarán acontecimientos del pasado y del presente que irán paulatinamente recomponiendo el rompecabezas de su historia. Esos acontecimientos del pasado configurarán de forma progresiva un paisaje onírico resultando imposible distinguir el mundo imaginario del real a lo largo de la historia. 
El duro presente, el pasado reciente más agradable y un trauma anterior se entrecruzan en la memoria de Jacin que, aún violentada y lastimada, encontrará en los personajes del pasado los amuletos que le sirvan para descubrir la verdad de lo que le sucede. 
Una novela con tintes de terror psicológico y suspense donde la psique resuelve a su modo y confunde sueños y verdad hasta un final que desentraña lo sucedido dentro de un mundo quizás real, quizás solamente imaginado.


Así empieza la novela:

Capítulo 1 - EL POZO SECO


Sentí un fuerte olor a humedad y un dolor seco a la altura de la nuca. Los latidos del corazón rápidamente palpitaban en el cuello hasta convertirse en un dolor punzante y fuerte bajo mi cabello. Notaba el bullir de la sangre desde el interior y la humedad en el pelo. Un sabor salado en mis labios provocó el pestañeo de mis párpados y sentí un líquido viscoso y oloroso unido a la tierra húmeda y desagradable de cuando un lugar permanece cerrado durante largo tiempo. Rezumaba, el lugar rezumaba de forma insoportable.
Poco a poco me fui despertando... incapaz de recordar cuál era el lugar y el motivo por el que me encontraba como regresando de una pesadilla. Los sabores, los olores, todo lo que iba palpando resultaba reconocible pero al intentar agrupar cada sensación para buscar en el almacén de mi memoria el lugar donde me encontraba sentía la decepción de la nada. Una sensación que, unida a las fuertes palpitaciones que padecía, me entregaba a giros de forma compulsiva y violenta intentando buscar alivio al dolor y buscando la forma de llenar el vacío que la ausencia de recuerdos producía.
Hice un nuevo esfuerzo que resultó doloroso como despegar las vendas de una herida putrefacta e intenté recordar quién era. Mi imagen lejana en el tiempo y dibujada en un espejo de cuando entraba en la adolescencia con esa cara de “no me gusta lo que veo” y un aspecto torpe, de esbozo de un cuerpo adulto, con esa estúpida gordura como si un flotador escondido bajo una camiseta ancha tratase de salir hacia afuera de mi propio cuerpo, hizo que me recordara en mis complejos juveniles.
Un espantoso nombre regresó a la comisura de mis labios, aquel que mis padres me pusieron como mezcla de un compromiso familiar y deseo de conservar en mí a la abuela Jana; su agradable imagen se me configuraban como certeras saetas en mi memoria y mi cabeza empezó a funcionar siguiendo el ritmo de unos golpes de martillo sobre el yunque de mi nuca. “Me llamo Jacinta”, me repetía una y otra vez, “Jacinta Navascués, hija de Marité y Luis...”.
(...)
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