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jueves, 17 de septiembre de 2015

Un relato de terror Parte I

El Resplandor de Kubrick

Stephen King, Jack Nicholson y Shelley Duvall

Sí, he de confesar que me gustan los relatos y el cine de terror. Pero no cualquier terror, me gusta el terror que se respeta a sí mismo y no transforma todo en un tomate insoportable en el que muere hasta el apuntador. Me gusta cuando se cuidan las escenas, las secuencias y se crea el clima inquietante con paciencia. De modo que, al cerrar el libro o terminar la película, pienses: "Bueno, es imposible, pero mientras leía o veía la película, me lo creí todo."

Jack Nicholson, Shelley Duvall y El resplandor
Los rostros del terror en El Resplandor: Jack atterroriza a Shelley


Esa mezcla de irreal pero posible "literariamente hablando" es lo que tiene de atractivo este género. Se da la circunstancia de que los creadores de las mejores obras de este género son extraordinariamente creativas. Así Stephen King, por ejemplo, tiene una productividad que abruma y, al lado de cuentos terroríficos tiene otros geniales como el de Stand by me que en plan autobiográfico descubren la razón de esa productividad: una niñez rica e imaginativa.

La obra "El Resplandor" de Stephen King, fue llevada al cine magistralmente por Stanley Kubrick. Este es un director inquietante en todo lo que hacía pero genial. Obsesivo y puntilloso hasta el extremo, un director que cuidaba extraordinariamente la estética y el ritmo hasta, incluso, acabar con su propia obra en ocasiones.

Stanley Kubrick y Jack Nicholson en El Resplando
La secuencia del bar dirigida por Kubrick, Jack ya metido en el papel


En "El Resplandor" está sublime, no hace falta descubrirlo, pero no creo que la actriz protagonista se lo agradeciera demasiado pues cuentan que hasta perdió pelo por el número de veces que tuvo que repetir una de las escenas. Una auténtica tortura psicológica que consiguió el rostro más perfecto de terror del cine. Shelley Duvall mereció más reconocimiento por su papel en esta película.

El papel de Jack Nicholson es extraordinario. Creo que él no necesita artificios psicológicos para conseguir producir terror, pues sus cualidades como actor le permiten hacer de loco tan bien como de hombre de familia romántico y enamorado. Es un todo terreno de la interpretación aunque sus personajes histriónicos son buenísimos. Este, lo borda.

Grandes actores, un director obsesivo y un relato imaginativo y brillante - da igual si la película y la novela se parecen, la historia es la misma -. Desde luego Kubrick y King tienen versiones diferentes del asunto, pero "El Resplandor" es una obra maestra del cine de terror.

Stanley Kubrick y Shelley Duvall. The Shining
Kubrick conversa "amigablemente" con Shelley. Su relación fue ¿terrorífica?

Y esto sirve de entrada a un relato de terror que os ofrezco en dos pasos, Aquí empieza una pura fantasía... ¿o quizás, no tanto?


De madrugada, antes de la aurora. Parte 1

En la Universidad habían decidido habilitar una sala de estudios de madrugada para preparar los últimos exámenes ante la demanda de los estudiantes y con la intención de evitar el “botellón” que en esa zona de la Universidad se convocaba. Estaban preocupados porque se mantuviera el orden y el silencio y, para ello, necesitaban una persona disponible. Mi reciente separación me permitía disponer de más tiempo del que era habitual en mí, y el salario era mayor que el de un bedel del turno de mañana; así que me presenté al puesto de trabajo.

Las órdenes eran claras: “buscamos que exista un ambiente de estudio y silencio, queremos que la sala adquiera prestigio como lugar reservado exclusivamente para estudiar”. Me mostré dispuesto a hacer guardar ese silencio, mi presencia y disposición de ánimo me acompañaban; así que acepté sin miramientos las condiciones y me dispuse a callar cualquier sonido y a que imperase el mejor ambiente de estudio en la sala habilitada.

Los primeros días, he de reconocer que me costó aclimatarme al trabajo nocturno. La novedad exigía explicar con más palabras de las que en mí era habitual las normas de la sala de estudios, cosa que hice con el mejor de los ánimos posible. En ocasiones, al llegar - más o menos - las tres de la mañana, el cansancio me vencía y me quedaba dormido sentado en esa silla dispuesta al lado de la mesa grande de madera. Quizás alguien se daba cuenta, no lo sé, pero sé que me agitaba de forma extraña al despertar con una sensación de angustia y enfado que nunca antes había sentido.

Pasaron los días y la situación se fue normalizando; los alumnos ocupaban la sala casi en su totalidad y la enorme cantidad de luz que la sala desprendía había ahuyentado a los grupos de juerguistas que venían rodeando el Colegio Mayor. Poco a poco, la gente fue comprendiendo las normas del lugar y las respetaban de forma escrupulosa, casi sin intervención alguna por mi parte. El carácter disuasorio del vigilante de la sala de estudios estaba funcionando de forma notable.


Sólo un pero a tan buen funcionamiento me rondaba la cabeza, pues quedaba mucho tiempo para mí, demasiado tiempo quizás. Lo aproveché, en cualquier caso, para leer e instruirme de mil formas posibles; hasta ese momento no había sido capaz de imaginar la cantidad de conocimientos que se podía adquirir con tan solo tiempo por delante y silencio. A lo largo de la noche, me entretenía leyendo un día sobre romanos, otro sobre barcos, borricos o terneros, y así evitaba esa extraña somnolencia de las tres de la mañana, ese sueño del que me despertaba de forma tan agitada y agresiva.

La sala estaba dispuesta en forma de “ele” y la mesa del vigilante estaba justo en la esquina, sobre una especie de tablas de madera que la elevaban algo por encima del resto de las mesas; lo cual, permitía un punto de vista alto para controlar toda la sala. El ambiente que proporcionaba las lámparas del techo apagadas y las luces individuales de las mesas encendidas generaba un clima de concentración y recogimiento que pocas veces había visto yo antes. Un lugar ejemplar para la práctica de la investigación o para el estudio.

La oscuridad de la noche en el campus que rodeaba al edificio hacía como un paréntesis de luz en medio de la noche. Un lugar civilizado en los inhóspitos mundos que la oscuridad encumbra. Desde fuera pareciera una nave en el mar infinito, un punto de luz, una aurora atrayente como pocas. La sala de estudios se envanecía como un faro de claridad infinita que avisaba a la diabólica noche de que allí encontraría una roca firme y poderosa de conocimiento y saber.

Hasta el viento parecía saber que aquello no debía tocarse, pues soplaba fuerte contra las enormes cristaleras y chillaba de forma asustadiza avisando de galernas, tormentas y peligros infinitos pero allí nunca entraba. Y no lo hacía porque allí estaba yo como efigie inconmovible que guardaba el silencio, que me afanaba silencioso para que en esa sala imperase un silencio perfecto, un estruendoso y callado, silente, mudo, dormido, taciturno, nocturno... silencio (ssshhh).

Tal era la falta de sonido que la mullida alfombra amortiguaba los pasos una vez entrabas en la sala de estudios. Los estudiantes venían adormecidos y hablando en grupo justo hasta que, al abrir la puerta, veían a lo lejos una figura altiva de ojos luminosos - por efecto del reflejo de la luz en las gafas - y con seriedad impenetrable. Entonces se dispersaban en silencio, acudían a su asiento reservado previamente, abrían sus libros y apuntes y estudiaban hasta que la aurora de la mañana llenaba la sala. Momento en que hacía sonar un timbre y, cinco minutos después, esa sala – mi sala – se cerraba.

En cierta ocasión, un grupo de mozos de los que hacían “botellón” a los pies de la sala antes de llegar yo - antes de que las autoridades universitarias tomaran la decisión de abrirla al público para el estudio de madrugada - habían intentado conducir la juerga a su interior. Resultaba un grupo de mozos algo infantil pero violento, su número de seis lo hacía ciertamente peligroso y no era yo de avisar a la policía para resolver este tipo de cuestiones. Sabía, por experiencia propia y por comentarios que me hacían, que había que emplear la mano izquierda para convencerles de que ese no era el lugar más conveniente para sus pueriles diversiones, y así lo hice.

Sujeté con mi mano izquierda al más fuerte de ellos y abrí la puerta de la sala con la derecha, soltando, una vez cerrada la puerta a mi espalda, un sonoro mamporro en la nariz del muchacho. La sangre que caía a borbotones de la quebradiza y recta nariz del chico convenció al resto de que nada divertido les esperaba en la sala. Nunca conté a nadie este acontecer ni nadie me pidió explicaciones al respecto, así que entendí haber obrado con profesionalidad y pulcritud, tal y como me habían pedido en el momento de contratarme.

Continuará
(...)

Escena de The Shining
Las gemelas de El Resplandor, Kubrick disfruta con estas imágenes inquietantes

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