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martes, 17 de noviembre de 2015

Adivina quién viene a cenar esta noche (I)

La ancianidad

¿Y si todo se olvida?

Muchos hemos visto casi siendo niños aquella película memorable de "Adivina quién viene a cenar esta noche", una película donde las costumbres tradicionales parecen tambalearse ante la posibilidad de que (en los años 60) una mujer se casase con un hombre negro.

Sin embargo, cuando hoy veo esta película observo cosas bien diferentes. Ya no me interesa tanto el tópico de mujer blanca encuentra a hombre negro o viceversa y tiendo a fijarme en el papel de unos padres ya ancianos.





Y aquí destaca el papel de Spencer Tracy y Katherine Hepburn, sobre todo en el monólogo final donde - más allá de un fuerte convencionalismo social - destaca la buena interpretación de Tracy y la no interpretación de Hepburn.

Tracy tiene el arte de llevar la situación de Sidney Potier (médico preparado y con prestigio) con su hija a compararlo con la propia situación y con la de su propio padre (cartero hecho a la vida dura donde nada se regala) y la de su propia madre. Eso que se llama empatizar.


Y lo cierto es que esa secuencia trasciende lo imaginable cuando sabemos hoy que la historia entre Spencer y Katherine fue una difícil relación de amor donde los convencionalismos sociales, el alcoholismo y la enfermedad del actor jugaron un papel importante.

Poco después, Spencer moría como consecuencia de una enfermedad de la que ya tenían conocimiento en ese momento; con lo que esa interpretación de una emocionada Katherine (emoción real que se puede apreciar perfectamente en la escena) y un convincente Tracy quedará para los anales de la historia del cine con toda su carga de verdad y su verdadera realidad que no realismo.

"Nada importa el problema de pigmentación si el sentimiento entre ambos es sincero," Bendecirá así Spencer a la joven pareja.


Este pequeño homenaje a esta gran película y a estos extraordinarios actores sirve de preámbulo de la primera parte de un relato que tiene mucho que ver con la ancianidad y lo que sucede cuando todo se olvida. Un homenaje, pues, a esa época de la vida en que sabes lo suficiente como para dar buenos consejos y, azares del destino, sin embargo se te olvidan.



CUÉNTAMELO DE NUEVO
PARTE 1

Mi nombre... quisiera acordarme pero no puedo. Tengo una vaga sensación de haber sido un aventurero con una vida plena, pero por más que me empeño no consigo recordar cómo me llamaba. A veces, me aparecen vagos flashes que se encienden y se apagan de forma repentina y, otras veces, mi memoria se hace como un saco negro y profundo que se siente tenebroso y oscuro a fuerza de haberse llenado demasiado. En ocasiones, esos recuerdos que no veo pesan dentro mismo de ese saco.
Los flashes de recuerdos son extraños fenómenos puntuales y resultan de los rostros que me encuentro a mi lado o de situaciones extraordinarias que perforan la membrana misteriosa de la memoria utilizando los sentidos para ello. Cada mañana, se sienta enfrente de mí una niña de pelo ensortijado y ojos despiertos con una sonrisa viva y contagiosa. Esta mañana, sé que le devolví la sonrisa cuando ella dijo... “abuelo”
Abuelo”..., pensé que esa palabra tenía un gran significado, que era agradable; pero apenas tenía traducción en mi abotargado cerebro. Sin embargo, esos ojos chispeantes y vivos que sonreían más que su propia boca, provocaron uno de esos fogonazos en mi cabeza. De repente, recordé unos niños que corrían por el parque y a mí mismo nervioso y divertido a su lado. Con mi anciana mirada atravesaba en los recuerdos muchos años y observaba que yo mismo escapaba tras un balón hecho de retazos, de telas viejas.
Los niños gritaban mi nombre,... pero yo era incapaz de percibirlo. Los veía correr felices en el recuerdo y a la vez, miraba la sonrisa de esa niña que me decía abuelo, palabra que se pegaba a mis labios para ir muriendo lentamente cuando mi memoria se apagaba de nuevo en esa oscuridad inmensa y absorbente, pegajosa y triste.

Luego, la niña de tez pálida y sonrisa abierta desaparecía dejando paso a esa amable mujer que me lleva de un sitio para otro en esta silla chirriante y cómoda entre pasillos claros y diáfanos, limpios y casi transparentes. Esa mujer de blanco que aparece como de un escaparate: obligatoria, pero amable.
Tengo la sensación de que mi cuerpo pesa una tonelada y que es de noche casi siempre. Sin embargo, hay un momento en el día en que soy feliz. Un momento que yo guardo para mí, cuando me conduce por el túnel que me lleva al jardín que debe ser pequeño, pero que yo veo inmenso, verde y luminoso con sus distintas especies y tonos esmeraldas y brillantes, el fulgor de las hojas me conduce tranquilo a un estado de embriaguez casi juvenil.
Allí sentado puedo ver un árbol engalanado con sus flores de un rojo burdeos intenso, un camelio. Ese camelio con sus hojas acrisoladas y brillantes, con su olor intenso a primavera – aunque el frío todavía llene y ocupe el día – me trae recuerdos de una vieja plaza.


Ésta viene a mi memoria tras otro fogonazo de luz y gracias a los olores de las camelias que intensamente ocupan las fosas de mi nariz, entonces yo me esfuerzo en aspirar ese aire porque deseo más que nadie en este mundo ese recuerdo de esa plaza. Me encuentro sentado en ese banco escuchando una voz melódica que me hace carantoñas, una mano de mujer joven y bella con unos ojos idénticos a la niña que me entrega un mar de brillos casi cada día, recorre mi cuerpo mientras yo me río entre dientes.
Me habla siempre, de forma permanente, pero nunca consigo recordar lo que me dice. Veo su rostro y sé que me nombra, pero sus palabras quedan pegadas en ese manto negro que rodea mi memoria cuando se producen esos destellos de luz. Deseo comprenderla y retenerla en mis brazos y siento un irrefrenable impulso de besarla, pero cuanto más me acerco, cuando me pego a ella,.. desaparece de mi nariz el olor a camelia y, con el final de este olor, vuelve el manto negro a mi memoria.
Entonces, mi silla sollozante resulta conducida por el mismo pasillo de antes retrocediendo ahora hacia las duchas. Allí, a veces, tengo la sensación de otra luz, pero son pocas las ocasiones en que se produce. Cuando esto sucede, dejo que el agua caliente resbale por mi cuerpo anquilosado, viejo y arrugado y siento nuevamente una imagen de un recuerdo pasajero. Me veo cayendo de un barco siendo joven, un barco alto de esos que tiene piscina, discoteca, restaurante... Al caerme, percibo a una mujer que grita pidiendo ayuda.
Es un recuerdo aciago porque siento que el agua me golpea con violencia y noto como mi cuerpo se desmaya, luego alguien me recoge y me siento bien, vivo..., pero no oigo nada. Un vacío de sonidos ocupa el recuerdo como el manto negro que anega mi cabeza. Entonces, en mi puzle de recuerdos, me acuerdo que perdí el oído cayendo de ese barco y, durante años, fui sordo. Recuerdo los abrazos cariñosos de la misma mujer que me acompañaba bajo el camelio en flor y, a su mirada, vuelvo a sentir el olor de la primavera aunque con ciertos aromas de otoñal preocupación
La amable mujer de blanco que siempre me acompaña lleva escrito su nombre en una placa, pero soy incapaz de recordar qué significa cada una de las letras, incapaz. A veces, cuando lo intento, siento mi cerebro aturdido y bloqueado y me esfuerzo por quitar la vara que impide su funcionamiento... entonces, una lágrima cae lentamente por mi rostro hasta las comisuras de mis labios.
Intento levantar la mano para secarme y acierto en ocasiones, pero palpo una cara rugosa y fuerte que apenas puedo recordar. Una cara con una piel gruesa como un estrazo y violentamente rugosa y árida. Nervioso, pido un espejo, pero no me entienden. Repito nuevamente lo que pido, y siguen sin entenderme. Entonces, sucede que me enfado e intento tirarme del asiento, pero no puedo y cuando alguien me sujeta..., me olvido del motivo. Dejo de recordar que pedía un espejo.
Otras veces, cuando descanso en una sala rodeado de ancianos callados con babas por sus labios y dormidos de por vida miro una cristalera que devuelve nuestra imagen e intento reconocerme en ella. Veo a un hombre grande y mal encarado, medio dormido y en pijama. Procuro mirar al fondo de los ojos para intentar reconocerme. Y veo otra mirada dormida, casi muerta. Unos ojos oscuros como cuervos silenciosos y malvados que los llenan, una mirada triste y perdida, como harta de hacer inútiles esfuerzos por mirar, por recordar años que eran míos y siento un patrimonio de recuerdos que he perdido.



Continuará(...)

Dentro del Pozo no tiene que ver con los convencionalismos salvo que es una novela poco convencional porque se desarrolla dentro del mundo de los sueños, de venta en CreateSpace Amazon.




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