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jueves, 10 de septiembre de 2015

La Micronovela Parte V

Suspense, cine negro, terror: el thriller psicológico

El Silencio de los corderos: los personajes secundarios

El Silencio de los Corderos es una obra maestra del cine inspirada en una novela homónima de Thomas Harris, llevada a la gran pantalla por Jonhatan Demme en un alarde de manejo de las secuencias de idéntico momento pero diferente lugar para mantener la atención, crear confusión y hacer crecer y decrecer los momentos de tensión al espectador.

Anthony Hopkins en el papel de Annibal Lecter en el Silencio de los Corderos
Si esta película pasa a la historia del cine es, además de su magistral dirección, por sus dos grandes interpretaciones: Jodie Foster y Anthony Hopkins. Sin dejar de nombrar a los tres papeles de reparto que hacen el contrapunto eficaz de la historia y que ayuda a entender el comportamiento de ambos protagonistas.

Creo justo nombrar a los tres: Scott Glenn en un medido Jack Crawford, Ted Levine como el terrible Buffalo Bill y el equilibradamente histriónico Dr. Chilton en papel interpretado por Anthony Heald. Los tres son imprescindibles, los tres hacen un gran papel pues si Jack aparece distante y admirable en todo momento o Buffalo Bill artificialmente desequilibrado; o el Dr, Chilton está interpretado tan inquietante que parece que sobrase de la faz de la tierra es por algo.

Anthony Hopkins, Jodie Foster y Scott Glenn

Todos ellos hacen que la personalidad de Annibal Lecter aparezca como auténtica, así gracias a lo falaz del trastorno de Buffalo Bill. pues él cree que quiere una metamorfosis, pero no es así su locura sino que es otra cosa bien diferente: no es más que codicia y violencia.

Si Clarice, la intrépida, inteligente y ambiciosa, es descubierta como una pueblerina que quiere el bien como consecuencia de un trauma infantil (derivación freudiana tan "peliculera" como pueril pero que resulta muy efectiva en la gran pantalla) es gracias al contraste con su admirable y distante jefe, que la desea pero no la considera a su altura.

No digamos el personaje de Chilton, pues la mejor trampa de la película, es hacernos creer que el director de la prisión es el "malo de la peli" con ese comportamiento supuestamente terrible que tiene en sus castigos duros, psicológicos y eficaces con un "pobre hombre" que admira la elegancia pero que tiene como vicio particular ser un "canibal".

Así, el final inquietante de la película nos agrada a todos pues todos pensamos que Chilton debe desaparecer, y eso a pesar de haber contemplado a Annibal Lecter en su esplendor violento y antropofágico cuando escapa de su celda.

Dr. Chilton interpretado por Anthony Heald
Siempre me pregunto cómo se puede llegar a tener ese sentimiento unánime si no es por la maestría de una dirección de actores y una interpretación equilibrada y acertada de todos ellos. Porque si, Annibal Lecter cae muy bien en esta película y eso es ciertamente terrible. Ser director de cine y decir desde el principio voy a mostrar a este hombre tan terrible como es, pero voy a conseguir que caiga bien es ante todo un reto y un alarde de dirección de actores.

Los papeles secundarios hacen muy bien su papel como contrapunto eficaz de dos actores descomunales de los que hablaremos, no hoy, sino mañana.

Ted Levine es Buffalo Bill

Hannibal tiene el rol de un artista incomprendido por los extremos de su "dieta", en nuestra micronovela El Pintor parece perderse en la locura, veamos qué sucede.

CAPÍTULO 2. EL SEÑOR GARRIGUEZ
La mirada en la obra de un pintor
Regresé a casa después de comer algo con Kevin con un fuerte dolor de cabeza tras dar muchas vueltas a todo lo sucedido por la mañana. Las calles seguían húmedas y frías, y el tráfico intenso aceleró mi pulso con las prisas que me habían parecido un simple atrezo de una vida en que el protagonista fumaba en pipa y discurría tranquilamente por ella sacando todo el jugo posible a cada una de las situaciones vividas.

Esta vida que miraba desde el cristal de un taxi se me antojaba, ahora, como una pesadilla inacabable; como un estruendo insoportable y lamentable que me impedía analizar con calma todo lo complicado de la situación. Los aullidos inabarcables de la ciudad aceleran el corazón solo para dormir al pensamiento y ese pensamiento se había rebelado contra esta ciudad apresurada y dinámica como la rebeldía de la pubertad, como el adolescente inagotable que no quiere la norma impuesta, que desprecia la única salida posible y desea saltar la empalizada de madera que se le ofrece como frontera.

Necesitaba, cuanto antes, un antiinflamatorio que me arrancara la jaqueca de una forma aséptica pero inmediata. La atropellada situación de Kevin, el grado de obsesión y locura que venía alcanzando a lo largo de la mañana con una intensidad creciente y el estrambote final de esa carta que, bien podía ser una simple carta de cortesía y consideración personal o esa sutil y extravagante amenaza que habría de poner en guardia a cualquiera.

Lo cierto es que, si de una amenaza se tratara, podría comprender el obsesivo comportamiento de Kevin, pero también es propio de los genios este carácter obsesivo que podría haberse acentuado por la lectura de ese misterioso manuscrito. Añadiendo que su trabajo se solía caracterizar por un escrúpulo perfeccionista a la hora de pintar, lo cual resultaba causa coadyuvante de ese tipo de enfermedades obsesivas.

En cualquier caso, el asunto merecía el renacer de aquel periodista investigador que empecé siendo; el cual distaba mucho del periodista especializado en arte que acabé por ser. La sangre me pedía recordar aquellos viejos métodos de investigador diligente y audaz, imaginativo e inasequible al desaliento. Con todo, me propuse un plan para verificar si estos métodos basados en la extorsión y la amenaza eran propios del negocio, tal y como le llamó Kevin, o eran simplemente cosa de un marchante de prestigio sin demasiados éxitos en su cartera. “La fama no le precedía en estos métodos chapuceros, crueles y peligrosos.”


  • Pero claro, ¿quién presume de eso? El que emplea tales métodos de extorsión, y lo hace profesionalmente, lo oculta; y el que no los aplica, nada tiene que ocultar. En cualquier caso, nunca se tratan estos aspectos de perfil “profesional”, y si los aplican, tratan de que no lo sepas. - Me decía, Kevin antes de salir.
  • Kevin, es que hablas como si hubieras tratado con el mismo demonio.
  • Con el mismo demonio, eso es. Alguien que es capaz de acabar con la vida de otro simplemente para generar recursos no puede tener otro apelativo.
  • Hombre, hay quien lo llama de otra manera...
  • Sí, sí... tiene muchos nombres y todo lo que quieras. Pero el miedo, los nervios y la tensión en la que vivo no es una cuestión de película. Estos no te pegan un balazo cuando caminas por la Gran Vía... Tienen mil formas de cerrarte la boca; mil, ¿me comprendes? - Los ojos se desorbitaban de forma inquietante, adquiriendo un brillo especial, colérico y descolocado.
  • Vale, vale. Me hago cargo de que has tratado con el mismo Beelcebú, Baal o similar.
  • Sí, es cierto. He visto al mismo diablo en la manipulación artera del hombre malo, en la desdicha del incauto que cae en sus garras, en la cara horripilante del ser violento, en las fauces del hambriento capaz de todo por alimentar a su familia, en la mirada triste del que tras haber intentado todo lo decente se transforma en un buscavidas de tres al cuarto y, sobre todo, lo he visto regocijarse y sentarse cómodamente en el regazo del hombre bueno que calla ante la injusticia más atroz otorgándole carta de naturaleza al manipulador, al violento, al buscavidas y al malvado. En ese último rostro, le he visto con su colérica sonrisa retozar como un puerco sarnoso, amigo mío. ¿Quieres ser tú uno de esos que callan?


Entré en casa mascullando el discurso duro y sensato sobre el mal que me hacía dudar sobre la verosimilitud de sus peores temores. Me fumé un pitillo y me tomé un güisqui con soda como medicina más que contraindicada para digerir el Ibuprofeno, desconozco si tiene efectos hipnóticos u opiáceos tal combinación, pero sé que me quita el dolor de cabeza tal mezcla de barbitúricos y olvido tan necesaria para tomar decisiones, para descansar plácidamente durante la noche y levantarme con el brío que me permita afrontar los nuevos retos del día.

Hacía ya años que me había acostumbrado a esa explosiva mezcla, quizás cuando tenía que atreverme con situaciones que no comprendía demasiado bien, al comienzo de mi carrera. El trabajo de investigación periodístico es ameno y edificante, pero también produce estrés y miedo, ya sea un trabajo que tenga que ver con mafias, políticos o empresas. Si hay dinero en juego, siempre hay temor a que pueda suceder alguna cosa.

Al día siguiente concerté una cita con Estanislao Garríguez a cuenta de la posible exposición itinerante sobre pintura contemporánea española en Estados Unidos que quería contratar una empresa de dicho país. En el papel de mediador dentro de España, supuestamente, me encargaba de tratar con los marchantes que podrían proponer alguna obra inédita en régimen de préstamo con posibilidad de subasta.

Este negocio fantasma tenía que gozar de verosimilitud. A tal efecto, me puse en contacto con Andrew Smith, a través de su hija y secretaria, Pat con la que había mantenido una sólida relación matrimonial que duró apenas seis meses pero que dejó tras de sí una verdadera amistad. Andrew era el propietario de la empresa “Jack of all Trades and Co.”, conocida como “JOAT” que se encargaba de organizar acontecimientos artísticos relacionados con el arte y los espectáculos.

Les comuniqué mi intención de entrevistarme con Estanislao para realizar un trabajo de investigación periodístico sobre el funcionamiento de los marchantes de arte en mi país. Aunque sorprendidos por mis nuevos cometidos resultó fácil convencerles de que la situación económica era acuciante en el periódico y necesitaban tratar temas de impacto y algo más mediáticos.

Accedieron de inmediato a hacerme la cobertura, y me preparé la intervención a partir de los documentos que ellos me enviaron en relación al modo en que solicitaban este tipo de servicios, las obras que les hubiera gustado tener o el perfil de autores que propondrían. En este perfil, desde luego, estaba Kevin.

Por otra parte, como el negocio no tenía por objeto su consumación y - suponiendo el peligro de rechazarles - traté en cualquier caso de ofrecer algo que no estaba cerrado y que podía no tener éxito. La idea era trasmitirles que el asunto dependía de la aprobación por parte de autoridades de Estados Unidos de modo que, en cuanto accedieran, se haría. Si estaban desesperados, habrían de buscar el modo en que esas autoridades consintieran al negocio y se moverían dejando un rastro que condujera a las pistas necesarias para su detención. Esa era la estrategia: remover el río y observar a dónde le conducen los instintos.

Inquietante Final

Continuará (...)


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