Un relato sobre el lado bueno de las cosas. Parte II
Mejor Imposible
Eustaquio Fuencisla y las criaturas del oscuro Averno
Dentro de lo que podíamos llamar género del absurdo se podría incluir aquellas películas que entre el drama y la comedia parten de situaciones realistas, extremas y duras y, manejándose en ese extremo, acaban concluyendo situaciones que en realidad rara vez (o nunca) se producen.
En Mejor Imposible, la extraordinaria película de James L. Brooks sucede esto. En ella un obsesivo compulsivo de la ciudad de Nueva York, interpretado por Jack Nicholson (otra vez Jack bordando el papel de loco), necesita seguir un orden riguroso en su calendario pues si no entraría en crisis. Dentro de ese plan obsesivo se encuentra el de ir a comer unos días determinados y dentro de un horario a un restaurante donde le tiene que atender una camarera concreta, interpretada extraordinariamente por Helen Hunt.
Ambos tiene una vida aparte, Nicholson se dedica a componer música de anuncios en su piano y tiene un vecino pintor que es homosexual. Algo que detesta nuestro protagonista. Helen Hunt vive con su madre y con su hijo que tiene una enfermedad que se ve agravada por los bajos recursos económicos de la camarera.
Todas estas circunstancias a las que se añade una paliza recibida por el vecino de Nicholson (Greg Kinnear está sublime), el perro de éste que no puede ser paseado por el convaleciente artista y del que Nicholson se encariña a pesar de despreciar a la mayoría de la raza humana, unido a las ausencias de la camarera como consecuencia de las enfermedades de su hijo hacen una delirante película repletas de gags que se manejan extraordinarimente entre el extremo maníaco del protagonista con su humanización paulatina al ver que necesita del resto de las personas para vivir.
En un momento concreto la película se transforma en una "Road Movie" de estos tres extraños compañeros de viaje en que Nicholson es consciente que necesita mucho más a la camarera de lo que él pensaba y se desliza hacia un imposible final en la que un obsesivo compulsivo acaba enamorando a una camarera sin recursos de la ciudad de Nueva York.
El final de corte clásico en donde el loco se olvida de su locura mientras pasean al amanecer por la ciudad de Nueva York nos devuelve a la magia del cine, lugar donde lo imposible se hace posible y - por lo tanto - no pueden salir mejor las cosas, resultando esta extravagante historia de amor que es Mejor Imposible.
Bien, sigamos con la historia extraordinaria de Eustaquio Fuencisla en su segunda parte.
DEL
CUENTO QUE NARRA LA CAÍDA DE EUSTAQUIO FUENCISLA ...
PARTE
2
Tenía
Irita unos andares y unos ojos que comían el terreno de cualquiera e
invitaban a conversar de las estrellas, del sol y de las flores
incluso conmigo que sólo hablaba de caballos, y si me apuraban podía
hablar de alguna que otra cosa del campo o, como mucho, de fútbol.
Me gustaba leer algo de vez en cuando, pero mi conversación apenas
giraba sobre las cosas del comer y nunca, salvo con Irita, me había
dado por lo sentimental... Vamos que soy de tierra y labrantías,
animales y pecuario... poco más.
De
todo tenía la culpa su sonrisa y su locuaz forma de ser; ya digo que
su mirada eliminaba la distancia y su boca pedía a gritos ser besada
– perdonen que insista en las intimidades, pero es que esa es la
verdad -. Repito que todo era por culpa de su modo de sonreír. Y en
esas andábamos Pepín y yo: debatiendo a quién pertenecían esos
labios carnosos y esa sonrisa reluciente y apetecible. Si eran suyos
o eran míos, lo cierto es que Pepín tenía la ventaja de que estaba
emparentado con la familia de Don Ramón y contaba con el apoyo de lo
más granado del pueblo; pues al lado del señor cura, iba el señor
Alcalde y con él, el médico, Don Lorenzo.
Lo
tenía difícil, pero yo era simpático y buen mozo. Tenía
suficientes arrestos y era capaz de granjearme el favor de todos
ellos, lo único que me faltaba era enamorar a Irita. Y esa, era
tarea ardua y difícil, porque a las dificultades añadidas ya
explicadas, estaba el grave problema de mi nombre. Eustaquio no era,
en absoluto, el más apetecible de los nombres para la chica más
guapa del pueblo, a decir verdad.
Intenté
presentarme a Irita con un apodo, un apócope de mi nombre, pero mi
nombre es poco flexible y apenas permite acortarlo de forma que
resulte agradable a los oídos de mi Irita. Al final me dejé llamar
Taqui, feo apócope que en sus labios sin embargo, sonaba como el
agua borbollante del río Abalar que cruza joven y violento por el
bosque de la Candelaria en la ladera baja del monte del Cristo.
Por
cierto, y porque viene al caso, cuentan las ancianas personas del
lugar que algo misterioso sucede en el Puente del Suspiro que se
encuentra dentro del bosque de la Candelaria a la altura del río
Abalar. Y de eso tuve yo experiencia en ese mismo día, y a ese tema
entro ahora.
Los
grupos de personas comenzaban a entrar en el campo de la feria,
dentro del monte del Cristo: unos a caballo, otros caminando con sus
bolsas y sus neveras y, los más, en sus coches y furgonetas grandes
de donde salían los más numerosos grupos de personas.
Por
fin, el autobús trajo a la banda de música que amenizó la romería
con sus tamboradas estruendosas y con gaitas y el chillonas y
festivas que llenaban el lugar de bullicio y alegría. A mí siempre
me gustó esto de la charanga y la melodía, a su ritmo mis pies se
mueven solos cuando la sidrina sube y baja el chorizín, pues la
primera alegra la cabeza y los segundos pican en los pies y así se
mueven solos al son de la pandereta y el tambor.
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Solo Helen Hunta detiene a Jack en Mejor Imposible |
No
cabía un alma más cuando el cura párroco se decidió a comenzar la
misa. Rondaban las doce del mediodía y el sol golpeaba inmisericorde
atrayendo un calor húmedo y sofocante que comenzaba a abrirse camino
en el sudor de los romeros y empujaba la niebla hacia el bosque
donde, anclada a la ribera del río, se quedo parada y tranquila
hasta que la tarde la volviera a despertar impaciente para acompañar
en el monte del Cristo a la luna y a los misteriosos sonidos de la
noche.
Terminada
la misa, comenzaron los petardos, las tracas y las gaitas a sonar
insufribles y dolorosas. Muchas veces me preguntaba qué hacía yo
lanzando bombas de palenque, con lo molesto que me resultaba su
sonido, y lo estresante de cuidar que la vara cayera lejos de la
gente que andaba buscando acomodo a la sombra de los árboles. En más
de una ocasión se había rifado alguna bofetada por culpa de esas
dichosas varas que caían desviadas por el viento cerca de algún
grupo que comía tranquilamente o dormía placenteramente la siesta
a la sombra del patrón.
Una
vez cumplida la rutina de cada año, me fui decidido en busca de
Irita, que estaba sentada donde su familia. Cuando me vio, se levantó
y casi diría que corría hacia donde yo me encontraba. Estaba
radiante con su blusón blanco que flotaba al viento dejando ver la
silueta llamativa de su ropa interior.
El
calor hizo el resto y comencé a sudar como un pollo. El vaquero
ajustado y las zapatillas de color rojo completaban el uniforme del
romero de San Pedro.
Venía
a mí con una sonrisa difusa y casi transparente, feliz y jocosa,
aunque su mirada parecía distraída, pues no miraba hacía el lugar
exacto por donde yo me acercaba sino que, a unos metros de mí, me
acompañaba jovial y juguetón el bueno de Pepín luciendo los
galones de mozo soltero más deseado del pueblo. ¡Irita no me miraba
a mí!
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¿Con quién se irá Verdel? |
Pepín
e Irita se abrazaban y besaban a la vista de todos, con lo que
sellaban su compromiso ante la mirada expectante de todo el pueblo
incluido el cura, el médico y el alcalde de San Pedro que daban por
bueno el cumplimiento de sus gestiones e intereses. Nada había ya
que hacer allí, así que monté en bicicleta y corrí pendiente
abajo como alma que lleva el diablo.
Continuará (..)
Dentro del Pozo no tiene nada de comedia aunque se mueva dentro del mundo de los sueños mejor imposible, de venta en CreateSpace y Amazon.
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